Es gracioso que justo en la época de mi vida en que más disfruto de estar con mis hijas es cuando escucho a muchos amigos decir (o escribir) cosas como "cuando empiezan las clases, son las vacaciones de los padres" o "ahora a disfrutar, que los chicos van a estar en la escuela". Sin ir más lejos, una nueva publicidad televisiva de la tienda "Target" se hace eco de ese mito, que seguramente es realidad para otra pobre gente, pero que en mi caso es hasta ofensivo. Porque a medida que mis hijas fueron creciendo e independizándose más y más, es un verdadero placer compartir tiempo con ellas, sobre todo porque las veo semana de por medio, y porque ya voy sintiendo que el tiempo corre demasiado rápidamente y no quiero perderme nada. Estas vacaciones de verano fueron muy especiales, porque las llevé a lugares que yo disfruté mucho de chica con mis padres, y que ahora pude disfrutar junto con ellas, llenándonos de fotos, recuerdos y anécdotas inolvidables. El inicio de clases se sintió casi, casi como si se me hubieran acabado a mí las vacaciones: vacaciones de no tener horarios que cumplir con ellas, de dejarlas dormir hasta tarde, de no tener que verificar que tienen todo listo para el día siguiente, de programar sus clases de danza en mi agenda, de anticipar eventos escolares de todo tipo.
Ayer fue el primer día de clases en el distrito escolar en el que asisten a clases Vera y Matilda, y hoy la más chica (sí, la misma del rosario del Papa Francisco) no sólo fue en bici sola a la escuela por primera vez, sino que además se quedó sola en casa a la mañana (con despertador programado anoche y verificado tres veces por su madre), porque yo tenía una cita de trabajo muy temprano, e iba a tener que arreglarse sola (su hermana mayor salía para su escuela secundaria en bici prácticamente al mismo tiempo que yo en el coche para mi cita laboral).
Así que anoche hicimos toda la logística para que hoy por la mañana fuera un éxito: Matilda se hizo una lista de todas las cosas que tenía que hacer, y/o llevar a la escuela, la pegó en el espejo del baño para no olvidarse de verla, y yo le dije que la iba a llamar a las 7:55 (porque mi reunión empezaba a las 8:00) y que estuviera atenta al teléfono (de hecho, el primer ítem de su lista era "estar atenta al teléfono"). También le dije que por favor, si se acordaba, me enviara un mensaje de texto una vez que hubiera llegado a la escuela, así yo podía quedarme tranquila. Me dijo, con total honestidad y con un 100% de certeza, que muy probablemente se olvidaría de hacerlo.
Con lo cual, cuando terminó mi reunión en la loma del orto, y al no ver su mensaje de texto en mi teléfono, decidí que a la vuelta iba a pasar por su escuela, aunque sin intenciones de entrar y hacerle pasar el ridículo, sino para ver si su bici estaba en el patio del colegio. Muchas variables entraban en juego: hay dos lugares para dejar las bicis, y como ayer (que fuimos ambas en bici) la dejó en uno de los lugares, yo me jugaba a que iba a dejarla en el mismo lugar. Otra variable era que hubieran demasiadas bicis y no pudiera encontrar la de ella a simple vista (mi plan era pasar despacito con el coche, cual mafiosa y mirar por la ventanilla, sin estacionar o bajarme). No quise pensar en las otras variables, como se podrán imaginar.
Pero por supuesto, su bici estaba ahí, fácil de reconocer entre las pocas bicis enganchadas en el mismo portabicicletas de ayer, y raudamente pegué la vuelta y me dirigí a casa. La sonrisa en mi cara debió despistar a los conductores de los otros coches que se me cruzaban, y me saludaban a la vez con una sonrisa, como si me conocieran. Pero no sabían que en realidad me reía de mí misma, imaginándome cómo se van a burlar de mí mis hijas cuando les cuente lo que hice. También me reía al recordar que cuando Vera fue por primera vez sola en bici a la escuela, Miguel y yo la seguimos con el coche sin que se diera cuenta. Y sobre todo, me reía de la publicidad de Target, que sólo puedo clasificar, a esta altura, dentro del género de Ciencia Ficción.
Mostrando las entradas con la etiqueta Matilda. Mostrar todas las entradas
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martes, 26 de agosto de 2014
sábado, 30 de marzo de 2013
La reina de los gatos
El otro día conocí a la legendaria solterona excéntrica de los mil gatos. Esta era, sin lugar a dudas, la reina del arquetipo. La única diferencia era que esta señora estaba casada y había tenido hijos, pero fuera de ese detalle menor, era la caricatura hecha persona. Si hasta su cara lo decía a gritos, "¡gatos, gatos, gatos!", con sus anteojos en forma de ve corta, y su pelo oscuro y enrulado. Entramos a su casa, por motivos que no me interesa describir en este momento, y ahí estaban las seis criaturas, con sus cuatro patas y su cola obscena.
Matilda los vio, apenas cruzamos la puerta, y no pudo evitar exclamar "¡Seis gatos!" después de contarlos dos veces, para estar segura. La reina se deshizo en elogios felinos, describiendo lo que dio en llamar las "diferentes personalidades" de sus mininos, mientras los susodichos se daban por aludidos, o no, entre el sillón, la alfombra y el taburete del piano.
"Pero, ¿seis?" insistió Matilda. "Bueno, tenemos ocho más, pero están en otra parte de la casa", le contestó la reina gatuna. Tras lo cual se rió y le dijo que no, que era una broma, que sólo eran los seis que veíamos ahí en el living. Matilda pudo cerrar la mandíbula entonces, aunque sin saber muy bien por qué ya no tenía que mostrarse sorprendida.
Pero yo vi ese gesto fugaz, esa mirada casi imperceptible, que la reina intercambió
con su marido. Me parece que se llama "expresión de deseo".
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| Credit: Neatorama.com |
"Pero, ¿seis?" insistió Matilda. "Bueno, tenemos ocho más, pero están en otra parte de la casa", le contestó la reina gatuna. Tras lo cual se rió y le dijo que no, que era una broma, que sólo eran los seis que veíamos ahí en el living. Matilda pudo cerrar la mandíbula entonces, aunque sin saber muy bien por qué ya no tenía que mostrarse sorprendida.
Pero yo vi ese gesto fugaz, esa mirada casi imperceptible, que la reina intercambió
con su marido. Me parece que se llama "expresión de deseo".
Llamale
gente,
Matilda,
mundo loco
miércoles, 6 de marzo de 2013
Clase de música
Son las ocho de la noche y tuve un largo día que aún todavía no termina. A duras penas pude sacarme el maquillaje, después de una jornada que incluyó un largo experimento de química a la mañana, e interpretación para una delegación de San Luis Potosí, México, por la tarde. Cuando salgo de la cárcel, llamo a casa para asegurarme de que Vera llegó viva en bici, después voy buscar a Matilda a la escuela, la llevo a danza (no sin antes pasar por Powell's para comprar golosinas, es como la visita al quiosco), después vuelvo a casa a hacer la comida para Vera (Mike ya comió y hoy se acuesta temprano porque empieza muy temprano mañana), y dedico unos minutos a contestar un par de mails. Enseguida llega la hora de ir a buscar a Mati a danza. Volvemos, le preparo la cena, como algo yo (con los cuatro o cinco cafés del día no me alcanza), y le digo por enésima vez que termine de hacer los deberes. Después, mientras me lavo la cara, me doy cuenta de que Mike ya va a estar dormido cuando yo me acueste, porque antes de irme a dormir todavía tengo que terminar el experimento de la mañana que quedó inconcluso, tengo que empezar (por lo menos) a ver una película que tengo que tener vista para mañana a las doce del mediodía, y tengo que leer un artículo. Se me va la poca energía que me queda de sólo pensar en todo esto. También (¡cómo olvidarlo!) tengo que hacer una llamada telefónica antes de que se haga demasiado tarde, relacionada con la reunión que tengo el viernes, para saber si me recibo en mayo, tal como estaba previsto, o si todo este esfuerzo es en vano. Y tengo que seguir juntando documentación para la dichosa reunión, y pensar en la logística de mañana a la noche, en que mis hijas tienen que estar a la misma hora en lugares diferentes para sus entrenamientos de fútbol...
Todo esto está en mi cabeza, compactado, enmarañado, mezclado como esos mejunjes de plastilina de colores que empiezan poco a poco a tomar un tinte verdoso amarronado, mientras salgo de mi pieza, después de sacarme el maquillaje y decirle buenas noches a Mike, para bajar a la cocina a empezar con lo de química antes de ver la película. Pero me detengo en lo alto de la escalera. Escucho una vocecita (es casi inaudible, pero yo la escucho) que viene del baño. Es Matilda, cantando en la ducha. Me acerco a la puerta, casi sin darme cuenta de lo que hago. Mi mente se opone, pero mi cuerpo no le hace caso y va solito, como quien sabe lo que hace.
Me quedo parada y escucho cómo canta. Y entonces ya no soy yo. Soy una rata que sigue, ciega, al flautista de Hamelín. Soy Ulises, embelesado por el sonido divino de las sirenas. Soy testigo involuntaria de este momento casi perfecto, cuando mi hija canta en la ducha sin saber que estoy escuchándola del otro lado de la puerta. Apoyo la cabeza y cierro los ojos. Me dejo llevar por ese hilito de voz que canta una canción que no conozco, en un idioma que, cuando yo tenía su edad, me era mitad desconocido. Una canción que se repite una y otra y otra vez, como un mantra. Como una promesa. Mis ojos no se abren, la canción no termina nunca. Pero, ¿es una canción o es un sueño? Momento mágico que borra con un golpe sonoro todo lo demás. El mejunje alborotado de problemas, cosas pendientes y quilombos varios desapareció para siempre, aunque sea por un rato, mientras escucho esta canción que me acuna.
No hay caso. Todos los días aprendo algo nuevo. Hoy, tuve clase de música y aprendí que, a veces, ganamos tiempo cuando no nos importa estar perdiéndolo.
Todo esto está en mi cabeza, compactado, enmarañado, mezclado como esos mejunjes de plastilina de colores que empiezan poco a poco a tomar un tinte verdoso amarronado, mientras salgo de mi pieza, después de sacarme el maquillaje y decirle buenas noches a Mike, para bajar a la cocina a empezar con lo de química antes de ver la película. Pero me detengo en lo alto de la escalera. Escucho una vocecita (es casi inaudible, pero yo la escucho) que viene del baño. Es Matilda, cantando en la ducha. Me acerco a la puerta, casi sin darme cuenta de lo que hago. Mi mente se opone, pero mi cuerpo no le hace caso y va solito, como quien sabe lo que hace.
Me quedo parada y escucho cómo canta. Y entonces ya no soy yo. Soy una rata que sigue, ciega, al flautista de Hamelín. Soy Ulises, embelesado por el sonido divino de las sirenas. Soy testigo involuntaria de este momento casi perfecto, cuando mi hija canta en la ducha sin saber que estoy escuchándola del otro lado de la puerta. Apoyo la cabeza y cierro los ojos. Me dejo llevar por ese hilito de voz que canta una canción que no conozco, en un idioma que, cuando yo tenía su edad, me era mitad desconocido. Una canción que se repite una y otra y otra vez, como un mantra. Como una promesa. Mis ojos no se abren, la canción no termina nunca. Pero, ¿es una canción o es un sueño? Momento mágico que borra con un golpe sonoro todo lo demás. El mejunje alborotado de problemas, cosas pendientes y quilombos varios desapareció para siempre, aunque sea por un rato, mientras escucho esta canción que me acuna.
No hay caso. Todos los días aprendo algo nuevo. Hoy, tuve clase de música y aprendí que, a veces, ganamos tiempo cuando no nos importa estar perdiéndolo.
martes, 29 de mayo de 2012
La fotógrafa que amaba y odiaba las fotos
La mejor y la peor parte de hacer orden es encontrar fotos viejas. Me encanta encontrar fotos de mis hijas cuando eran más chicas, y recordar en dónde estábamos cuando se sacaron esas fotos. Pero no me gusta encontrar fotos de mi ex marido, principalmente porque no sé qué hacer con algunas de ellas. Las fotos en las que aparece conmigo (que se cuentan con los dedos de una mano, y sobran dedos) son las más fáciles: van directo a la bolsa de la basura. Las fotos en las que está solo, con con sus amigos o con compañeros de la universidad no me resultan tan problemáticas tampoco; las pongo aparte para dárselas a él, o al basurero, según mis ganas. Pero las que me provocan conflicto son las fotos en las que aparecemos ambos con alguna de nuestras hijas, sobre todo aquellas fotos en las que aparecemos solamente con Matilda.
Siempre dije, tras separarme, que Matilda (la menor de mis hijas) nunca va a tener el recuerdo de haber visto a sus padres juntos y felices. A diferencia de Vera, que pudo ver, sin duda, a sus padres demostrándose cierto cariño, Matilda nació en una casa dividida. Y así vivió seis años, hasta que finalmente la división virtual se hizo tangible y se transformó en dos padres con dos casas y dos vidas circulando por carriles cada vez más separados.
Es por eso que, al encontrar fotos (que ni recordaba) en las que aparecemos los tres, con "cara de foto", se me hace el nudo en el estómago. Pero no tiene que ver con mis sentimientos actuales, que son muy claros y serenos. Mi vida tiene sentido nuevamente, al encararla en compañía de aquellos a quienes amo y respeto, y por los que me siento correspondida en igual medida. La duda cruel se me presenta en el momento de decidir qué hacer con estas fotos de una familia feliz que no era tal.
La mejor decisión a la que puedo llegar, si bien no es obvia, ni simple, es la única que me tranquiliza en cierta manera. Voy a guardar las fotos de la discordia en sobre cerrado, en la pieza de Matilda, para que algún día ella pueda verlas y decidir por si misma si lo que muestran es verdad o ficción. Pero a ella le pertenecen. Es algo que su padre y yo le debemos.
Siempre dije, tras separarme, que Matilda (la menor de mis hijas) nunca va a tener el recuerdo de haber visto a sus padres juntos y felices. A diferencia de Vera, que pudo ver, sin duda, a sus padres demostrándose cierto cariño, Matilda nació en una casa dividida. Y así vivió seis años, hasta que finalmente la división virtual se hizo tangible y se transformó en dos padres con dos casas y dos vidas circulando por carriles cada vez más separados.
Es por eso que, al encontrar fotos (que ni recordaba) en las que aparecemos los tres, con "cara de foto", se me hace el nudo en el estómago. Pero no tiene que ver con mis sentimientos actuales, que son muy claros y serenos. Mi vida tiene sentido nuevamente, al encararla en compañía de aquellos a quienes amo y respeto, y por los que me siento correspondida en igual medida. La duda cruel se me presenta en el momento de decidir qué hacer con estas fotos de una familia feliz que no era tal.
La mejor decisión a la que puedo llegar, si bien no es obvia, ni simple, es la única que me tranquiliza en cierta manera. Voy a guardar las fotos de la discordia en sobre cerrado, en la pieza de Matilda, para que algún día ella pueda verlas y decidir por si misma si lo que muestran es verdad o ficción. Pero a ella le pertenecen. Es algo que su padre y yo le debemos.
domingo, 20 de noviembre de 2011
¿Dando gracias?
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| Image: FreeDigitalPhotos.net |
Al abrir el sobre en el que la maestra manda lo que hicieron durante toda la semana, me encuentro con una hoja en la que había que escribir cómo cocinar un pavo. Bajo el título de ingredientes, Matilda escribió unas cuantas cosas muy apropiadas (léase: pavo, relleno, puré, arvejas, salsa de carne, o "gravy", y demás). Lo que me llama la atención es lo que que mi dulce niña escribió al inicio de las instrucciones para cocinar el mentado menú festivo. Y cito (en traducción mía):
Lo que viene después ya no tiene importancia. ¿Quién puede leer lo que sigue después de tal instrucción?
miércoles, 9 de noviembre de 2011
Yo quiero a mi bandera
Cuando me levanto a la mañana, soy un animal de costumbre. Me gusta tomarme primero mi café con espumita, después comerme mis claras revueltas, y finalmente mi fruta. La parte de la fruta es la que suelo variar en mi desayuno, no porque me lo proponga, sino porque elijo lo que parece más lindo en el supermercado. Hoy me toca hacerme una ensalada de banana y frutillas.
Voy a elegir un bowl para la fruta, y lo que encuentro más a mano, en el escurridor de la pileta, es el plato hondo en el que Matilda suele comer sus cereales. En un impulso inicial, me resisto a usarlo, pero no porque sea de Matilda (me extrañaría mucho que le moleste que use su plato), sino por lo que simboliza; tiene los colores de la bandera de los Estados Unidos. Y no sólo los colores: tiene rayas y estrellas con los colores de la bandera. Como para que quede bien claro.
¿De dónde salió ese plato y cómo llegó a esta casa? Para la época del 4 de julio, de modo similar que para la época de todos los feriados, eventos, acontecimientos y fechas comerciales varias, los supermercados y negocios exhiben en lugares clave toda la mercadería "de estación" que acompaña al evento en cuestión. Es interesante aclarar, también, que empiezan a hacerlo ni bien se termina el evento o feriado anterior y muchas veces con semanas y hasta meses de anticipación (ergo, ya desde el 1º de noviembre, día siguiente a Halloween, estamos infestados de arbolitos de navidad, adornos, papanoeles, renos y trineos. En muchos lugares, ya en octubre convivían los productos de Halloween, de la cosecha/Día de Acción de Gracias, y de navidad). Cuestión que cierto día anterior al 4 de julio (seguramente a mediados de mayo, después del aluvión del día de la madre), Matilda y yo paseábamos por el supermercado, y nos topamos con una exhibición de vajilla en colores rojo, blanco y azul, y mi pequeña ciudadana estadounidense me preguntó si podía comprarle el plato para sus cereales.
También recuerdo haber dudado/resistido/padecido un ligero escalofrío en ese momento (todo ocurrió a la vez, sería imposible hacer una cronología de esas tres sensaciones), pero Matilda insistió, y yo estaba en un día con el sí fácil, con lo cual el plato vino a casa, y así se explica la cosa.
Si tuviera que definir de dónde me sale esta resistencia a los colores yanquis, debería relacionarla con la misma sensación que sentía hasta hace poco tiempo con respecto al celeste y blanco, los colores de la bandera argentina. Seguramente (y como en el caso de la polenta, historia que queda pendiente para una publicación futura), todo se remonta a mi infancia. Ese odio supremo a que nos obligaran a usar la escarapela, a reverenciar a la bandera como si fuera un dios de tela intocable, ese morbo de mausoleo de cementerio que se adivinaba en la cara de algunos maestros y directores, cuando por medio de nuestros "símbolos patrios" generaban, de modo inexorable, nuestras conexiones neuronales entre bandera y patrioterismo, bandera y violencia, bandera y enfrentamiento, bandera y guerra, bandera y muerte. Todavía tengo grabadas en mi memoria las imágenes de viñetas con batallones de soldados esgrimiendo estandartes albicelestes, banderas cubriendo negros y brillosos ataúdes y fríos mármoles. Todos a cantar el himno, todos a entonar "Aurora", todos a ponerse la mano en el pecho y jurar, jurar, jurar que amamos a nuestra bandera, aunque no sepamos muy bien por qué prometemos morir por ella.
La paradoja que me hizo volver a abrazar los colores de mi bandera fue mi exilio (no forzoso, aunque sí involuntario) en 2002. Si irse "es morir un poco", sólo bastó que me encontrara viviendo a miles de kilómetros del país en el que nací y viví los primeros 33 años y medio de mi vida, para que la sola mención a mi bandera provocara una sensación de emoción profunda. En mi casa pueden encontrarse (aunque no en estado de exhibición permanente, tampoco se me pongan pelotudos) banderas, banderines, escarapelas, prendedores y demás símbolos con los colores celeste y blanco. Mis hijas los conocen y los reconocen como propios (hasta la misma Matilda, que sabe que no nació en Argentina y que todavía no tiene la ciudadanía conjunta).
Hoy, decidí no regalarles la bandera estadounidense a los patrioteros de siempre; hoy elijo hacer míos sus colores, del mismo modo que hice míos, algún día de 2002, los colores argentinos. Y no me resulta una decisión fácil: este país que adopto y que me adoptó a mí es un país con demasiadas contradicciones, demasiadas cosas que no me gustan, demasiadas decisiones políticas erróneas, demasiados locos sueltos. Pero, ¿no es acaso similar a la Argentina en ese sentido? Contradicciones, cosas que no me gustan, decisiones políticas erróneas, locos sueltos... ¿no estaré hablando del mismo lugar? ¡Claro! Es que estoy hablando del mismo mundo en el que nos tocó vivir a todos.
La banana y las frutillas quedan bien en el plato hondo rojo, blanco y azul. Hasta pareciera que podría agregar unos frutos azules del bosque... Hmm, no, no, no. Tampoco la pavada.
Voy a elegir un bowl para la fruta, y lo que encuentro más a mano, en el escurridor de la pileta, es el plato hondo en el que Matilda suele comer sus cereales. En un impulso inicial, me resisto a usarlo, pero no porque sea de Matilda (me extrañaría mucho que le moleste que use su plato), sino por lo que simboliza; tiene los colores de la bandera de los Estados Unidos. Y no sólo los colores: tiene rayas y estrellas con los colores de la bandera. Como para que quede bien claro.
¿De dónde salió ese plato y cómo llegó a esta casa? Para la época del 4 de julio, de modo similar que para la época de todos los feriados, eventos, acontecimientos y fechas comerciales varias, los supermercados y negocios exhiben en lugares clave toda la mercadería "de estación" que acompaña al evento en cuestión. Es interesante aclarar, también, que empiezan a hacerlo ni bien se termina el evento o feriado anterior y muchas veces con semanas y hasta meses de anticipación (ergo, ya desde el 1º de noviembre, día siguiente a Halloween, estamos infestados de arbolitos de navidad, adornos, papanoeles, renos y trineos. En muchos lugares, ya en octubre convivían los productos de Halloween, de la cosecha/Día de Acción de Gracias, y de navidad). Cuestión que cierto día anterior al 4 de julio (seguramente a mediados de mayo, después del aluvión del día de la madre), Matilda y yo paseábamos por el supermercado, y nos topamos con una exhibición de vajilla en colores rojo, blanco y azul, y mi pequeña ciudadana estadounidense me preguntó si podía comprarle el plato para sus cereales.
También recuerdo haber dudado/resistido/padecido un ligero escalofrío en ese momento (todo ocurrió a la vez, sería imposible hacer una cronología de esas tres sensaciones), pero Matilda insistió, y yo estaba en un día con el sí fácil, con lo cual el plato vino a casa, y así se explica la cosa.
Si tuviera que definir de dónde me sale esta resistencia a los colores yanquis, debería relacionarla con la misma sensación que sentía hasta hace poco tiempo con respecto al celeste y blanco, los colores de la bandera argentina. Seguramente (y como en el caso de la polenta, historia que queda pendiente para una publicación futura), todo se remonta a mi infancia. Ese odio supremo a que nos obligaran a usar la escarapela, a reverenciar a la bandera como si fuera un dios de tela intocable, ese morbo de mausoleo de cementerio que se adivinaba en la cara de algunos maestros y directores, cuando por medio de nuestros "símbolos patrios" generaban, de modo inexorable, nuestras conexiones neuronales entre bandera y patrioterismo, bandera y violencia, bandera y enfrentamiento, bandera y guerra, bandera y muerte. Todavía tengo grabadas en mi memoria las imágenes de viñetas con batallones de soldados esgrimiendo estandartes albicelestes, banderas cubriendo negros y brillosos ataúdes y fríos mármoles. Todos a cantar el himno, todos a entonar "Aurora", todos a ponerse la mano en el pecho y jurar, jurar, jurar que amamos a nuestra bandera, aunque no sepamos muy bien por qué prometemos morir por ella.
La paradoja que me hizo volver a abrazar los colores de mi bandera fue mi exilio (no forzoso, aunque sí involuntario) en 2002. Si irse "es morir un poco", sólo bastó que me encontrara viviendo a miles de kilómetros del país en el que nací y viví los primeros 33 años y medio de mi vida, para que la sola mención a mi bandera provocara una sensación de emoción profunda. En mi casa pueden encontrarse (aunque no en estado de exhibición permanente, tampoco se me pongan pelotudos) banderas, banderines, escarapelas, prendedores y demás símbolos con los colores celeste y blanco. Mis hijas los conocen y los reconocen como propios (hasta la misma Matilda, que sabe que no nació en Argentina y que todavía no tiene la ciudadanía conjunta).
Hoy, decidí no regalarles la bandera estadounidense a los patrioteros de siempre; hoy elijo hacer míos sus colores, del mismo modo que hice míos, algún día de 2002, los colores argentinos. Y no me resulta una decisión fácil: este país que adopto y que me adoptó a mí es un país con demasiadas contradicciones, demasiadas cosas que no me gustan, demasiadas decisiones políticas erróneas, demasiados locos sueltos. Pero, ¿no es acaso similar a la Argentina en ese sentido? Contradicciones, cosas que no me gustan, decisiones políticas erróneas, locos sueltos... ¿no estaré hablando del mismo lugar? ¡Claro! Es que estoy hablando del mismo mundo en el que nos tocó vivir a todos.
La banana y las frutillas quedan bien en el plato hondo rojo, blanco y azul. Hasta pareciera que podría agregar unos frutos azules del bosque... Hmm, no, no, no. Tampoco la pavada.
domingo, 9 de octubre de 2011
Placeres varios
Matilda disfruta de un rico chocolate, mientras leemos juntas en Barnes & Noble. Tras lo cual, y de vuelta en casa, se da un baño y me pide que le corte el pelo. Mi única experiencia con las tijeras y el cabello fue en mi propia cabeza, hace como unos quince años, ocasión tras la cual tuve que acudir de urgencia a la peluquería, a que remediaran el experimento fallido. Pero Matilda no parece asustarse por mis antecedentes, y su tranquilidad me genera confianza: antes de que alguna de las dos se arrepienta, empuño las tijeras de mi escritorio (si mi casa se caracteriza por algo, debería ser porque tengo un par de tijeras en casi todos lados: cocina, escritorio, baño, cuartos de las nenas... ¡dios no permita que no encuentre un par de tijeras cuando las necesito!) Cuando termino, miro lo que la revista Billiken llamaría "modelo terminado". No quedó nada mal, me digo, y me doy, incrédula, una casi imperceptible palmadita en la espalda, mientras mi hija sonríe frente al espejo.
miércoles, 5 de octubre de 2011
¿Debería ahorrar para mandarla al analista?
-¿Para qué sirve Shakespeare?
Matilda me sorprende con su pregunta, más que nada porque pronuncia a la perfección el apellido del bardo, y no sé muy bien qué respuesta está buscando. Tardo unos segundos en darme cuenta de que se refiere a una aplicación del iPhone (que suele birlarme para curiosear los pocos juegos que tengo).
Se me ocurren infinidad de respuestas a la pregunta de "para qué sirve Shakespeare" (la que más me gusta es "para tratar de entender este mundo de locos"). Le explico, sin embargo, y sin mayor ironía, que la aplicación contiene las obras completas del autor de Romeo y Julieta.
-¿Conocés la historia de Romeo y Julieta?- le pregunto a la vez, sin saber muy bien a dónde va a ir a parar nuestro diálogo (como siempre).
-Sí, es la historia de un gnomo que se enamora de una igual a él, pero las familias no se quieren. Al final se casan.
-Hmmm, más o menos, algo así, eso es la película "Gnomeo and Juliet", ¿no?- Veo que Shakespeare ya hizo su aparición en la vida de mi hija de ocho años, me guste o no la forma que adoptara para hacerlo. Siento que hay que hacer algo urgente-. La historia es un poquito diferente. Termina mal. Es una historia triste. ¿Te gustaría ver la historia original?- y apenas pronuncio esa última palabra, me doy cuenta de mi error. ¿Qué historia original? ¿A qué me refiero? ¿A que tiene que leer a Shakespeare? ¿O buscar sus antecedentes? ¿O ver alguna puesta en escena en Londres? ¿O ver alguna de las chiquicientas versiones cinematográficas, incluyendo la de ballet, con Nureyev y Margot Fonteyn? Antes de que termine de cuestionarme mi propia pregunta, Matilda me contesta con un rotundo "¡SÍ!" y se me ocurre, entonces, apelar a lo único que tengo a mano, aparte de la aplicación del iPhone, que es la película de Baz Luhrmann en DVD. Me fijo cuál es la calificación (porque todavía no la vi, es un regalo que estaba esperando el momento adecuado, que bien podría ser este) y es "PG13". Tengo mis dudas, más por la violencia que pueda tener que por las escenas amorosas.
-Perfecto- le digo a Matilda-. Acá está. Esta es la versión original.
Mientras vemos la película, extasiadas en nuestras diferentes lecturas, pienso en la famosa frase "Nada se crea, nada se pierde, todo se transforma". También pienso que el verdadero arte, por más violento o crudo que sea, no puede hacer daño. Y tengo la certeza de que estamos apreciando una verdadera obra maestra.
Matilda me sorprende con su pregunta, más que nada porque pronuncia a la perfección el apellido del bardo, y no sé muy bien qué respuesta está buscando. Tardo unos segundos en darme cuenta de que se refiere a una aplicación del iPhone (que suele birlarme para curiosear los pocos juegos que tengo).
Se me ocurren infinidad de respuestas a la pregunta de "para qué sirve Shakespeare" (la que más me gusta es "para tratar de entender este mundo de locos"). Le explico, sin embargo, y sin mayor ironía, que la aplicación contiene las obras completas del autor de Romeo y Julieta.
-¿Conocés la historia de Romeo y Julieta?- le pregunto a la vez, sin saber muy bien a dónde va a ir a parar nuestro diálogo (como siempre).
-Sí, es la historia de un gnomo que se enamora de una igual a él, pero las familias no se quieren. Al final se casan.
-Hmmm, más o menos, algo así, eso es la película "Gnomeo and Juliet", ¿no?- Veo que Shakespeare ya hizo su aparición en la vida de mi hija de ocho años, me guste o no la forma que adoptara para hacerlo. Siento que hay que hacer algo urgente-. La historia es un poquito diferente. Termina mal. Es una historia triste. ¿Te gustaría ver la historia original?- y apenas pronuncio esa última palabra, me doy cuenta de mi error. ¿Qué historia original? ¿A qué me refiero? ¿A que tiene que leer a Shakespeare? ¿O buscar sus antecedentes? ¿O ver alguna puesta en escena en Londres? ¿O ver alguna de las chiquicientas versiones cinematográficas, incluyendo la de ballet, con Nureyev y Margot Fonteyn? Antes de que termine de cuestionarme mi propia pregunta, Matilda me contesta con un rotundo "¡SÍ!" y se me ocurre, entonces, apelar a lo único que tengo a mano, aparte de la aplicación del iPhone, que es la película de Baz Luhrmann en DVD. Me fijo cuál es la calificación (porque todavía no la vi, es un regalo que estaba esperando el momento adecuado, que bien podría ser este) y es "PG13". Tengo mis dudas, más por la violencia que pueda tener que por las escenas amorosas.
-Perfecto- le digo a Matilda-. Acá está. Esta es la versión original.
Mientras vemos la película, extasiadas en nuestras diferentes lecturas, pienso en la famosa frase "Nada se crea, nada se pierde, todo se transforma". También pienso que el verdadero arte, por más violento o crudo que sea, no puede hacer daño. Y tengo la certeza de que estamos apreciando una verdadera obra maestra.
martes, 4 de octubre de 2011
Consejos de una vieja vizcacha
-Si te duele la cabeza- me dice Matilda-, no pienses en un castillo, porque te va a doler más. Recién probé.
Y le creo. Un rato más tarde, pongo a prueba su consejo, porque Vera está haciendo unos sonidos agudos insoportables, y empiezo a sentir el dolor. Pienso en un castillo, porque me acordé de que me dijo que no lo hiciera, y no me sorprendo cuando la jaqueca se agudiza.
El castillo que se me aparece es lúgubre, oscuro, de muros semi-derruidos y sombras grises o azules. Hay un líquido que parece petróleo derramado en uno de los lados, y no hay foso con pirañas ni reptiles, pero hay buitres sobrevolando las torres.
-¡Mamá!- me grita Matilda, alarmada-. ¡Te dije que no pensaras en un castillo! ¡Y estás pensando en uno! ¿Por qué?
Pero nunca tengo respuesta para sus mejores preguntas.
Y le creo. Un rato más tarde, pongo a prueba su consejo, porque Vera está haciendo unos sonidos agudos insoportables, y empiezo a sentir el dolor. Pienso en un castillo, porque me acordé de que me dijo que no lo hiciera, y no me sorprendo cuando la jaqueca se agudiza.
El castillo que se me aparece es lúgubre, oscuro, de muros semi-derruidos y sombras grises o azules. Hay un líquido que parece petróleo derramado en uno de los lados, y no hay foso con pirañas ni reptiles, pero hay buitres sobrevolando las torres.
-¡Mamá!- me grita Matilda, alarmada-. ¡Te dije que no pensaras en un castillo! ¡Y estás pensando en uno! ¿Por qué?
Pero nunca tengo respuesta para sus mejores preguntas.
lunes, 23 de junio de 2008
Fue lindo mientras duró
Anoche, volvimos de un fin de semana de camping en las montañas. Fuimos al Upper Payette Lake, a unas 20 millas de McCall. Hacía quince años, más o menos, que no acampábamos. Y fue la primera vez para Matilda. Vera sigue con las Girl Scouts en Shoup, Idaho, y vuelve esta noche.
Más sobre el campamento, más tarde. Tengo que cumplir con mis obligaciones madrugadísticas en el gimnasio ((&/%#$#")!
Más sobre el campamento, más tarde. Tengo que cumplir con mis obligaciones madrugadísticas en el gimnasio ((&/%#$#")!
sábado, 1 de septiembre de 2007
Maravillas de la naturaleza, según Matilda
Recién se desarrolló el siguiente diálogo.
Matilda: -¿Querés acariciar a mi caterpillar?
Yo: -Sí, por supuesto- le digo, y lo acaricio. Su caterpillar (no hay caso, no se acuerda de que es una oruga en castellano) es la manga de un disfraz atada a una soga. Matilda lo lleva por la casa como si fuera un perrito atado a su correa-. ¡Qué suave es tu caterpillar! ¿Cómo se llama?
Matilda: -Manni.
Yo: -Ah. ¿Es un varón o una nena?
Matilda: -No es varón ni nena. Es nada. Porque animales son animales.
Matilda: -¿Querés acariciar a mi caterpillar?
Yo: -Sí, por supuesto- le digo, y lo acaricio. Su caterpillar (no hay caso, no se acuerda de que es una oruga en castellano) es la manga de un disfraz atada a una soga. Matilda lo lleva por la casa como si fuera un perrito atado a su correa-. ¡Qué suave es tu caterpillar! ¿Cómo se llama?
Matilda: -Manni.
Yo: -Ah. ¿Es un varón o una nena?
Matilda: -No es varón ni nena. Es nada. Porque animales son animales.
domingo, 10 de junio de 2007
Verdes son los aliens
Matilda, por primera vez desde que tengo uso de razón, comió verdura y la disfrutó.
Yo vivía preocupada porque, a diferencia de Vera -quien podría tranquilamente subsistir a base de espinaca, arvejas, tomate y choclo sin inmutarse- Matilda odia cualquier cosa que sea verde y que no tenga leche o carne en su composición.
Pues hete aquí que ayer a la noche, la susodicha se manducó, no una, sino como diez flores de brócoli antes de que puedan decir "salamín con queso". Un placer, verla comerse "los arbolitos" (como Vera bautizó a las flores de brócoli, años ha).
Si Matilda come brócoli, todo es posible.
Yo vivía preocupada porque, a diferencia de Vera -quien podría tranquilamente subsistir a base de espinaca, arvejas, tomate y choclo sin inmutarse- Matilda odia cualquier cosa que sea verde y que no tenga leche o carne en su composición.
Pues hete aquí que ayer a la noche, la susodicha se manducó, no una, sino como diez flores de brócoli antes de que puedan decir "salamín con queso". Un placer, verla comerse "los arbolitos" (como Vera bautizó a las flores de brócoli, años ha).
Si Matilda come brócoli, todo es posible.
lunes, 4 de junio de 2007
Ápdeit
Hizo un calor de cagarse.
Le saqué piojos a Vera por quincuagesimoenesimononagesimocuarta vez. Vera está triste porque el jueves terminan las clases, y tiene tres larguísimos meses de vacaciones de verano.
Matilda puede escribir las letras M, D y V sin dificultad, y patea la número cinco demasiado bien para mi gusto de madre.
Y no hay mássssinforrrrmacionessssss paraésteboletínnnnnn.
Le saqué piojos a Vera por quincuagesimoenesimononagesimocuarta vez. Vera está triste porque el jueves terminan las clases, y tiene tres larguísimos meses de vacaciones de verano.
Matilda puede escribir las letras M, D y V sin dificultad, y patea la número cinco demasiado bien para mi gusto de madre.
Y no hay mássssinforrrrmacionessssss paraésteboletínnnnnn.
jueves, 10 de mayo de 2007
Desrecomendando
Spiderman 3. Si la primera era floja, y la segunda era pésima, esta no tiene calificativo posible para meter en la lista.
Una perla de muestra: un recluso se escapa de la prisión, y para que no lo reconozcan... ¡se pone una remera a rayas! Imagínense el resto.
Por supuesto, si le piden la opinión a Matilda, les va a decir que le encantó. Y bueh. Todavía tiene unos años por delante para darse cuenta.
Una perla de muestra: un recluso se escapa de la prisión, y para que no lo reconozcan... ¡se pone una remera a rayas! Imagínense el resto.
Por supuesto, si le piden la opinión a Matilda, les va a decir que le encantó. Y bueh. Todavía tiene unos años por delante para darse cuenta.
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