Mostrando las entradas con la etiqueta duda existencial. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta duda existencial. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de diciembre de 2011

My own private Idaho

¿Qué es lo que me provoca esa sensación de viaje, no sólo geográfico sino en el tiempo, cada vez que cruzo desde Idaho a Oregon, y viceversa? Muchas veces me planteo esa pregunta, porque cada vez que cruzo y veo los cartelitos de "Idaho les desea buen viaje" y "Bienvenidos a Oregon" (y los equivalentes a la vuelta), siento como si me estuviera yendo de viaje por un año a un lugar desconocido y hace mucho tiempo. Y cada vez que cruzo, en un sentido y en el otro, me hago la misma pregunta. ¿Qué hay en este cruce de frontera estatal que me hace viajar más allá del simple viaje en coche? Porque lo cierto es que estos viajes son de trabajo, en general involucran una visita a una cárcel o una prisión, y nunca incluyen una estadía nocturna.

"Beam me up, Scotty! I need to return from Oregon."
Image: Salvatore Vuono / FreeDigitalPhotos.net
Hoy me preguntaba lo mismo que tantas otras veces, al volver a ver el mentado "Bienvenidos a Idaho" cuando cruzaba de vuelta. Y ahí es donde la famosa "serendipity" de la que hablaba en otra publicación hizo su aparición una vez más, porque empezó a sonar por los parlantes del coche la canción "Better Days" de los Goo Goo Dolls, y encontré la respuesta. No es que me parezca que viajo en el tiempo: es la pura verdad. Esta vez, viajé seis años al pasado, a fines de 2005. Ese diciembre fue que decidí comprarle a Miguel un iPod nano de regalo de Navidad.

Para los que necesiten algún tipo de explicación, Miguel es mi ex-marido (la RAE dice que ahora se escribe "exmarido", todo junto, pero el guión en el medio le da más categoría de "ex", así que voy a mantener la vieja ortografía, y me cago un pelín en la RAE). En 2005, las cosas ya no andaban tan bien entre nosotros. Hacía cosa de año y medio que nos habíamos mudado a Boise, tras vivir dos años en Iowa City, y la mudanza me afectó al punto de dejarme un año deprimida y sin ganas de nada. Pero en 2005, otra obra de "serendipity" hizo que conociera a Laura, con quien estaba hablando un día en una plaza cuando se nos acercó Sandra, que escuchó nuestro castellano argentino, y cuya aparición en ese momento y en ese lugar cambió drásticamente (y para bien) el curso de mi vida. Es gracias a Sandra y a Laura que me animé a estudiar interpretación, y es gracias a esa serie de coincidencias que hoy me encuentro en donde me encuentro. Pero volviendo a diciembre de 2005, las cosas en mi matrimonio estaban mal, y se me ocurrió comprarle a Miguel un iPod de regalo, y ponerle algunas canciones antes de dárselo. Lo que no sabía yo es que a todo el país se le ocurre hacer compras de Navidad justo antes de Navidad (¡qué desconsiderados!), y había una especie de fiebre por la que no se conseguían iPods por ningún lado. Ya medio tarde, lo encargué por internet al sitio de apple, pero no llegó a tiempo (debería haber llegado el 24 de diciembre, pero llegó un par de días después), con lo cual tuve que entregarle mi regalo a destiempo, y no pude meterle por adelantado las canciones que quería. La única canción que recuerdo que me interesaba especialmente poner en ese iPod era "Better Days" de los Goo Goo Dolls. Precisamente, la canción que empezó a sonar hoy cuando volvía de Oregon a Idaho. Me acuerdo de que quería regalarle esa canción porque, claro, empieza con esta frase: "Y me preguntaste qué quiero este año, y voy a tratar de decirlo de buena manera y claramente: sólo la oportunidad de que, tal vez, tengamos días mejores". Eso era lo único que quería yo a fines de 2005: días mejores con Miguel. La canción habla de un amor un poco más amplio, humanitario, global. En mi caso, era absolutamente personal: era mi intento por salvar, una vez más, lo insalvable. No sería sino casi cuatro años después que ya no habría ganas de salvar nada, y que me decidiría de una vez por todas a vivir mi vida sin él.

Hoy, cuando entraba a Idaho, por ese portal espacio-temporal marcado por el cartel de bienvenida y la canción de los Goo Goo Dolls, tuve un instante de delirio, o ciencia ficción (¿Quién no los tiene? A mí me ocurren todo el tiempo), en el que me pregunté qué habría sentido si me hubiese acostado a dormir el 24 de diciembre de 2005, y me hubiese despertado en diciembre de 2011. Muchos se imaginarán en estado de shock, con seis años más de arrugas, algún lunar que antes no existía, y pánico al despertarse en una cama diferente, a solas, y con un piyama que no recordaban tener. Yo me imaginé que me habría despertado en Idaho, viviendo días mucho, mucho, mucho mejores que esos de 2005.

jueves, 13 de octubre de 2011

Condición sine qua non

La defensoría federal del estado de Oregon se comunicó conmigo para ayudar a uno de sus abogados en una visita a un centro correccional que queda muy cerca del límite con Idaho, con lo cual les conviene pagarme mi viaje en coche, de hora y media, desde Boise, en lugar de llamar a algún intérprete de Oregon (que seguramente estará más lejos que yo de Ontario, la ciudad en cuestión).

Me dirijo al sitio web del centro correccional para buscar la dirección, y curioseo la página en la que dictan las reglas para los visitantes. Me llama la atención, bajo el título "Protocolo en la sala de visitas", la sección de ropa. Además de las reglas obvias, como la prohibición de usar minifaldas, o escotes pronunciados, o indumentaria que pueda asociarse con cuestiones culturales controvertidas (pandillas, camuflaje, frases ofensivas), hay una regla que dice "los visitantes tienen que usar ropa interior".

Ahora, yo me pregunto: ¿cómo saben que todos están cumpliendo con esa regla? ¿Elegirán visitas al azar y las obligarán a desnudarse, para constatar que cumplan con la obligación? ¿Tienen cámaras con visión de rayos X instaladas en las salas de visita? ¿Utilizan oficiales caninos (léase: perros) entrenados para detectar bombachas y calzoncillos?

Por las dudas, tengo toda mi ropa interior limpita y puedo elegir tranquila. No sea cuestión que me ocurra lo que siempre me ocurre en mis visitas a los correccionales y cárceles: el famoso "no tengo qué ponerme".

sábado, 8 de octubre de 2011

La Paz y La Guerra

cuando abrimos la puerta, nos en-
sor-
de-
cemos
con el ruido de los aviones
que pasan rasantes
uno, dos, tres aviones

los ejercicios militares
nos sorprenden y el ruido
del primer avión es como una
escupida en la cara
patada en el estómago
una explosión de mal gusto
amplificada involuntariamente por la humedad
furiosa, desafiante
de la primera tormenta del
otoño
tardío

también, tardíamente, nos preguntamos
cuánto faltará
para dejar de vivir en un país, en un mundo
en guerra permanente
consigo mismo

lunes, 3 de octubre de 2011

El frío, la Real Academia y los pichones

Se me ocurre una frase que quiero decir, pero tengo dudas sobre la existencia de una palabra. ¿Cómo saber si existe tal palabra? Desde el segundo en que el diccionario de la computadora me la subraya con rojo, sospecho que no. De todos modos, lo intento y busco en el Diccionario de la Real Academia Española (todo con mayúscula, no sea cuestión de ofender a ninguno) y tampoco aparece. Hago una búsqueda en Google (que viene a ser Dios, pero siempre después del DRAE) y me da "0 resultados" y me propone más bien otra palabra que se escribe ligeramente diferente, y que es en portugués, y que en realidad no tiene nada que ver. Mi método científico es breve y conciso, aquí termina mi búsqueda, y con resultados más que excelentes: acabo de inventar el verbo "apichonar".

¿Qué es "apichonar"? Es obvio que proviene de "pichón", palabra que, como lo sabe todo hijo de vecino, quiere decir (y cito al DRAE)

(Del it. picciōne, y este del lat. pipĭo, -ōnis).
1. m. Pollo de la paloma casera.
2. m. afect. coloq. Persona del sexo masculino.

De lo cual se deduce (con el mismo método científico que apliqué anteriormente) que si mezclamos la acepción 1 con la 2, nos queda la definición de un hombre polludo. O pollerudo. O sea, cagón. Que eso sí que existe (no veo rayitas rojas subrayándome nada) y sabemos muy bien qué es. Si se olvidaron, pueden proceder al DRAE, e ir directamente a la segunda acepción (salteándose la de exonerar el vientre muchas veces): "Dicho de una persona: muy medrosa y cobarde".

El contexto de mi nuevo verbo, "apichonar", es el frío del invierno que se acerca inevitablemente, como todos los otoños. Y lo que quería escribir desde hace cuatro párrafos y no podía hasta ahora (en que dejé bien asentada no sólo la existencia, sino también el significado de mi palabra) es que EL FRÍO NO ME APICHONA.

El frío no me apichona. Este año, decidí que ya no le tengo más miedo, y que no me voy a enojar cuando llegue (que, por lo que sospecho, será pronto).

miércoles, 12 de enero de 2011

Metafísica estoy

Mientras Vera y Matilda se cagan de risa al mirar "America's Funniest Videos" (que no es otra cosa que una recopilación de "bloopers" en donde todo el mundo se cae, se lastima y se hace mierda), yo me pregunto inocentemente por qué es que nos reímos de la desgracia ajena. ¿Por qué la inevitabilidad del schadenfreude? Y me respondo: para olvidarnos, de vez en cuando, de que somos mortales.

A veces me pongo metafísica. No es para que se preocupen demasiado; ya se me va a pasar. Para que vean que no soy la única, les va este regalito cervantino:


Diálogo entre Babieca y Rocinante

-¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?

-Porque nunca se come y se trabaja.

-Pues, ¿qué es de la cebada y de la paja?

-No me deja mi amo ni un bocado.

-Andad, señor, que estáis muy mal criado,

pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.

-Asno se es de la cuna a la mortaja;

¿queréislo ver? Miradlo enamorado.

-¿Es necedad amar? -No es gran prudencia.

-Metafísico estáis. -Es que no como.

-Quejaos del escudero. - No es bastante:

¿Cómo me he de quejar en mi dolencia

si el amo y escudero o mayordomo

son tan rocines como Rocinante?

martes, 28 de agosto de 2007

Hoy: clase de música

Voy a tocar el pianito a la 1:00 p.m. (4:00 p.m. en Bs.As.). Piensen en mí.

Mi gran duda es: ¿se habrá superado ya la etapa de la tinta imborrable de los dedos? ¿Será un lector electrónico de huellas digitales (como en los aeropuertos)? ¿O seguimos como en la época de Juan Vucetich?

La próxima vez les cuento.