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domingo, 20 de noviembre de 2011

¿Dando gracias?

Image: FreeDigitalPhotos.net
Es domingo a la noche, y recién ahora tengo un minuto para abrir la mochila de Matilda y revisar su cuaderno y las cosas que trajo de la escuela el viernes. El jueves que viene se celebra el Día de Acción de Gracias (EL feriado por excelencia en estas latitudes) y el tema, alrededor de esta época del año, incluye pavos, pastel de calabaza,  indígenas, y cuestiones varias afines.

Al abrir el sobre en el que la maestra manda lo que hicieron durante toda la semana, me encuentro con una hoja en la que había que escribir cómo cocinar un pavo. Bajo el título de ingredientes, Matilda escribió unas cuantas cosas muy apropiadas (léase: pavo, relleno, puré, arvejas, salsa de carne, o "gravy", y demás). Lo que me llama la atención es lo que que mi dulce niña escribió al inicio de las instrucciones para cocinar el mentado menú festivo. Y cito (en traducción mía):

Péguele un tiro al pavo, o compre uno en el supermercado.

Lo que viene después ya no tiene importancia. ¿Quién puede leer lo que sigue después de tal instrucción?

No hay duda: el espíritu del lejano oeste, en el que nos toca vivir, se ha instalado en lo más profundo de mi hija menor.

jueves, 27 de octubre de 2011

Serendipity

¿Qué quiere decir "serendipity"? Según mi eterno compañero de aventuras, alias el diccionario, "serendipity" es (y traduzco) "la ocurrencia y desarrollo de eventos por casualidad, de un modo agradable o beneficioso". También, según el diccionario, su origen se remonta al año 1754, en el que Sir Horace Walpole escribió Los Tres Príncipes de Serendip, un cuento de hadas en el que los protagonistas "siempre descubrían, por accidente o por sagacidad, cosas que no estaban buscando". Algunos sugieren traducirlo como "serendipia", pero a mí me suena asqueroso, así que lo dejo tal cual, en inglés.

Esta mañana, mediante lo que podría entonces denominarse "serendipity", descubrí el misterio de qué hacer cuando se está intentando separar las claras de las yemas, y una de las yemas agarra, la muy puta, y se rompe y se mezcla con la clara. ¿Es posible separarlas en ese punto? La solución se me apareció, tan simple como profunda, por obra de "serendipity": hay que joderse.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Prontuario

Vuelvo a Fujiyama por primera vez, tras mi reciente coqueteo con la muerte, y me siento en una silla en el bar, como es costumbre cuando voy sola. Esta vez se me hizo un poco más tarde, y el restaurante está bastante concurrido, pero el bar está casi vacío. Elijo en donde sentarme, y pido mi típica ensalada de verdes y un roll de atún picante (nada de nigiri por hoy).

Notablemente, Jason está detrás del mostrador, como aquel fatídico día, preparando el sushi con sus manos expertas. El roll sabe divinamente, y tras terminar mi almuerzo y mi té verde (hace frío para Coca diet), me distrae un comensal que se sentó justo al lado mío, ¡como si faltara lugar!

-¿Estaba bueno?- interrumpe mis pensamientos con su pregunta de perogrullo.

-Espectacular, como siempre- decido responderle, tras haber meditado unos instantes en contestarle algo un poco más sarcástico y menos obvio. Lo que hace que me contenga es ver cómo Jason deposita frente a este buen hombre un plato lleno de nigiri de salmón. "Que haga su propia experiencia", pienso, y me retiro sin mayor parsimonia que un breve pero sentido agradecimiento silencioso por seguir viva en este mundo de gente tan arriesgada.

viernes, 14 de octubre de 2011

Death by Sushi

Tras meditarlo profundamente (durante cinco segundos), he decidido contar esta experiencia, tal vez con la esperanza de salvar alguna vida, si alguien se encuentra en una situación similar a la mía de hace unas semanas.

En mis numerosas y frecuentes visitas a la cárcel del condado en el que resido, me encuentro cerca de uno de mis lugares favoritos para comer sushi, llamado Fujiyama. Voy relativamente seguido, dado que a veces cuento con poco tiempo entre visitas, con lo cual tengo una especie de categoría VIP: todos me conocen, y además saben que suelo estar apurada. Por otra parte, quien se precie de conocerme de verdad, sabe que no me arreglo ni con una hamburguesa pedorra de plástico, ni con un café con una dona como almuerzo. Necesito comida más o menos saludable, y que me genere un mínimo de satisfacción para seguir adelante con el resto del día. Fujiyama, entonces, es mi lugar ideal para un almuerzo rico y rápido.

Cuando voy sola a Fujiyama, me siento en la barra, y a veces los Sushimen (muchos de ellos, oriundos de Vietnam) me preguntan cómo se dice tal o cual cosa en castellano, y yo les pregunto a ellos cosas de su idioma, su cultura, etc. Tengo "coronita" (porque suelen darle prioridad a la preparación de mi almuerzo, incluso con el local lleno) y les dejo propinas tan sabrosas como el sushi con el que alimentan mi estómago y mi cerebro. Y todos quedamos contentos.

Cuestión que en una de mis visitas recientes, me senté en la barra, como siempre, y el Sushiman de turno era nada más ni nada menos que el dueño (o quien yo creo que es el dueño). El local estaba semi-vacío, porque todavía era temprano, y me gustaba la idea de comer tranquila sin demasiado alboroto a mi alrededor, antes de volver a la cárcel para una larga visita (que también tuvo sus consecuencias, que serán motivo de otra publicación).

El Sushiman/presunto dueño del restaurante se llama Jason (o ese es su nombre occidental), y pocas veces se lo ve detrás del mostrador preparando sushi. Suele estar sentado en una de las esquinas de la barra, con vista a la puerta, relojeando todos los movimientos del local. Pero esta vez Jason iba a preparar mi sushi, lo cual sentí como un gran honor. Y se ve que Jason también estaba emocionado por ser mi Sushiman de turno, porque me preparó mis cuatro nigiri (dos de salmón, dos de atún, mis favoritos) en un abrir y cerrar de ojos.

Cuando me inicié en el sushi, allá lejos y hace tiempo, en Buenos Aires, una cosa que oí y que, por algún motivo, se quedó pegada en mi cabeza, es que las piezas se comen de un bocado. Nada de andar cortando o trozando las (ya trozadas) piezas de sushi. "Es ofensivo para el Sushiman" me dijo una vez alguien (a quien no respeto mucho en realidad), y a pesar de jamás haber intentado constatar dicha aseveración, extrañamente, la incorporé como propia. Me meto toda la pieza de sushi, por más grande que sea, en la boca, y le demuestro mi respeto al Sushiman, aunque el tipo esté en el baño y no pueda verme cuando me zampo su obra maestra.

Pero claro, Jason, en su afán de complacerme, me preparó cuatro nigiri que parecían más bien cuatro bifes de chorizo, por el tamaño que tenían. Los tres primeros no ofrecieron mayor inconveniente, y los deglutí con pasión, intentando saborear la exquisitez del sabroso pescado combinado con el arroz, la salsa de soja y el wasabi. Pero al llegar al cuarto y último nigiri, pasó algo extraordinario. Cuando digo "extraordinario", quiero decir exactamente eso: fuera de lo común. Y es que casi me muero.

Me metí el nigiri, todo entero, en la boca, y de pelotuda que soy nomás, me lo tragué casi sin masticar. ¿Que por qué lo hice? ¿No acabo de decirles que de pelotuda que soy, nomás? No le encuentro otra explicación. Me encanta el sushi, y por más apurada que esté, trato de no apurar la comida, sobre todo si se trata del último bocado de algo espectacular.

"Me lo tragué" dice la pelotuda. No, no me lo tragué; por lo menos, no inicialmente. El nigiri en cuestión se quedó atravesado en mi garganta (¿en mi esófago, tal vez?) a medio camino entre recuperar su libertad por el orificio por el que había entrado, o seguir su ruta para iniciar el ciclo de la digestión. Estaba ahí, atrancado, y no se movía para ningún lado.

Muchas veces, en la literatura o en el cine, cuando un personaje está a punto de morir, o en una situación que lo pone al borde de la muerte, se ofrece la imagen de que la vida entera de esa persona pasa por delante de sus ojos, en un segundo. Permítaseme decir que no fue eso, exactamente, lo que me ocurrió a mí. Lo que me ocurrió fue que pensé "Mierda, voy a morirme comiendo sushi. Qué tarada". Tras un par de segundos que se hicieron eternos (eso sí es igual que en las películas), me puse de pie rápidamente, y pensé "¡Tengo que pedir ayuda! ¡No puedo morirme así! ¡Quiero ver crecer a mis hijas, quiero volver a ver a mis padres y a mi hermano, quiero decir 'PUTOSSS' una vez más con Henar, quiero envejecer al lado de alguien que me ame, y quiero seguir comiendo sushi por muchos años más!" No sé si fue porque Jason me clavó la mirada (y cuando Jason te clava la mirada, te atraviesa con su sable de samurai), o porque el mismo movimiento de pararme ayudó, de alguna manera, a empujar el atascado nigiri a que siguiera su curso natural, hacia abajo a través de mi esófago, pero el hecho es que me lo tragué, finalmente, y no me morí, como podrán apreciar, porque estoy escribiendo estas líneas.

Jason parecía demandar una explicación a mi comportamiento repentino. ¿Qué era eso de pararse de golpe? ¿Tan apurada estaba la señorita argentina, que tenía que irse tan rápido? El hecho es que el atoramiento había durado unos pocos segundos, y nadie (de los pocos parroquianos presentes) pareció darse cuenta de que casi tienen que llamar a la ambulancia, a los bomberos y al forense. Y Jason parecía seguir demandando una explicación con sus ojos punzantes incrustados en los míos, que a esta altura ya estaban semi-llorosos.

"Nada, le puse mucho wasabi", atiné a inventar de la nada, mientras me sentaba nuevamente. Evidentemente, el estrés no ayudaba mucho a mi funcionamiento neuronal. Estaba temblando, y sonó como una excusa muy poco creíble. Pero no para Jason, quien pareció satisfecho con mi comentario y volvió a dirigir su mirada a su cuchillo y su mesa de preparación.

Me quedé unos minutos sentada, a pesar de que ya era hora de irme, intentando reflexionar sobre lo ocurrido en los instantes previos. Sí, casi me muero con un nigiri en la garganta. Pero lo menos digno de una muerte tan poco digna era pensar que ni siquiera había podido disfrutar de mi último bocado.

sábado, 1 de octubre de 2011

Pequeñas felicidades

Hoy estoy feliz porque todavía sigue el calorcito, a pesar de que ya es 1º de octubre, y se supone que el otoño empezó hace más de una semana. Hay UN árbol en la cuadra que se dio por enterado, y tiene hojas amarillas todo alrededor; el resto de sus congéneres sigue con sus hojas verdes y bien puestas. Yo no me quejo, y sigo almorzando en el jardín, mientras el tiempo acompañe.

domingo, 17 de junio de 2007

Cagamos

Algo anda mal... me gusta la manteca de maní. Cuando digo "manteca de maní", no suena tan terrible, pero al recordar que estoy hablando de "peanut butter" suena espantoso.

Si alguna vez llego a contarle a alguien que me gusta la polenta, por favor me encierran en un centro de rehabilitación alimenticia hasta que se me pase.

Gracias

domingo, 10 de junio de 2007

Verdes son los aliens

Matilda, por primera vez desde que tengo uso de razón, comió verdura y la disfrutó.

Yo vivía preocupada porque, a diferencia de Vera -quien podría tranquilamente subsistir a base de espinaca, arvejas, tomate y choclo sin inmutarse- Matilda odia cualquier cosa que sea verde y que no tenga leche o carne en su composición.

Pues hete aquí que ayer a la noche, la susodicha se manducó, no una, sino como diez flores de brócoli antes de que puedan decir "salamín con queso". Un placer, verla comerse "los arbolitos" (como Vera bautizó a las flores de brócoli, años ha).

Si Matilda come brócoli, todo es posible.

viernes, 27 de abril de 2007

Buenas Peras

Me sorprendió ver peras tan lindas en el Albertson's de Apple St. y Parkcenter, así que me acerqué a agarrar algunas, y ¿qué creen que eran, sino las famosas "Moño Azul"?
Me llevé tres a casa. ¿Cuánto pagué? Mucho, muchísimo más que ustedes en el mercaditodenfrente.

miércoles, 11 de abril de 2007

Oído al pasar

"If you want to go to Seattle, you've got to eat your pizza."
(Se lo decía un señor a un nene en una mesa en la vereda de Guido's Pizzeria, hace un ratito).

lunes, 2 de abril de 2007

La ley no es igual para todos (drama breve en dos actos)

Acto Número Uno: a Vera se le cae la tostada con la manteca del lado de arriba, dos veces a falta de una. Desafía las leyes de Murphy, las leyes de gravedad, y corolarios de todo tipo (referirse a esto que publiqué el 31 de marzo de 2007 para más datos). Nadie resulta lesionado en el accidente, Vera se come sus tostadas, y la vida sigue su curso.



Acto Número Dos: a mí se me cae al piso mi humilde platito de pasta recalentada al microondas. El plato cae apoyado del lado correcto, eso sí, pero me pasa ESTO:


(hacer click en la foto para ver el hermoso detalle de diseño "pasta salpicré" en piso & pared)

FIN