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jueves, 25 de octubre de 2018

Happy Places

I've been reflecting a lot lately about age and death, about how to embrace all changes as they come, and about how to live a meaningful life. Because the only certainty we have is that we are all aging and we are all going to die. I've realized how I appreciate the marks and the sagging of my skin, the wrinkles, the gray hairs. How I appreciate that mi eyesight is not what it used to be. How I have the privilege of good health and a long life expectancy.
Today, I came across this wonderful quote, and I felt I related to it in so many beautiful ways: "All the trees are losing their leaves, and not one of them is worried." ~ Donald Miller.
Life is good. Aging is good. And death will be the culmination of an incredible journey. I'm never going to grow older: I'm constantly growing happier.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

sábado, 6 de junio de 2015

Declaración

Me pasa algo terrible y es que me gustás. Me gustás y mucho y quisiera que no fuera así, porque me gustás y estás lejos, y yo acá, en el país en el que todo es fácil, excepto extrañarte a vos y a todo lo que te rodea. ¿Y acaso tengo derecho a extrañarte? Ni siquiera sé si te conozco ya. Llevo en el bolsillo unas fotos electrónicas que te robé y las miro para tratar de convencerme de que no, pero no puedo, porque cada vez que miro una foto tuya vuelvo a entender que me gustás.

Me gustás y no sé si te gusto, pero igual me gustás, ¿qué importa? Me gustás con tus ojos que ven todo y me dicen muchas cosas, y yo creo que me dicen más de lo que seguramente me dicen, o me imagino que me lo dicen, de todos modos. Me gustás, con tu boca que cuenta todo lo que de repente quiero oír, pero que no dice que te gusto como vos me gustás a mí. Trato de recordar tus palabras una y otra vez, para convencerme de que dijiste algo que lo pone en evidencia, que deja clarísimo que te gusto tanto como vos me gustás a mí.

Me gustás con tu pasado que comparto y a la vez desconozco, esta cosa de haber tenido tanta familiaridad y sin embargo ser dos perfectos extraños, dos mundos paralelos a los que quiero encontrarles la vuelta para que se toquen al menos, para que se sientan mutuamente, aunque sea por un segundo.

Sí, me gustás. No sé cómo no me di cuenta antes, pero me gustás, y me gustás horrores. Y no sé qué hacer con esto, no sé a quién decírselo, o no decírselo, o decírselo en clave, para que no me dé vergüenza, como si fuera otra vez una nena chiquita y asustada, lejos de casa.

Me pasa algo terrible y es que me gustás, Buenos Aires. Me gustás demasiado, y no quiero que resulte un amor imposible.

domingo, 11 de agosto de 2013

Claridades que se dibujan nítidamente en la silueta del humo de un cigarrillo

Freno en un semáforo, y veo que la señora al volante del Pontiac rojo que está a mi derecha tiene un cigarrillo encendido, que le cuelga entre los dedos índice y medio de su mano izquierda. En un acto reflejo, cierro rápidamente las ventanillas, que están abiertas a medias, antes de que el humo inunde el pequeño universo que ocupo con mis hijas en mi coche. Vera, a mi derecha (sí, hace rato que viaja en el asiento del copiloto), se sobresalta levemente, pero me conoce desde hace más de catorce años. Es mirar hacia afuera y entender enseguida el porqué de mi accionar. Sin necesidad de ser redundante, sólo dice, "Además, no tiene espejito". Noto entonces que, efectivamente, su espejo retrovisor lateral sólo es una carcasa sin relleno. "Con lo que gasta en tres paquetes de cigarrillos, seguramente podría comprarse un espejito nuevo", pienso en voz alta. "Pero todos tenemos prioridades distintas". Y entonces me doy cuenta de que no estoy hablando de la señora al volante del Pontiac rojo que está a la derecha, cuyas prioridades, francamente, me son indiferentes. Estoy hablando de otra persona.

Cuando llegó a mi vida, hace dos años y medio, yo sabía que él fumaba, pero me había dicho que estaba tratando dejar. Siempre un continuo, un gerundio: tratando, intentando, probando, luchando. La frase que usó, sin embargo, y que me conmovió, fue algo así como que  se había dicho a sí mismo que iba a dejar de fumar el día que tuviera a quien darle un beso de buenas noches. Pero las noches pasaron,  los besos se hicieron cada vez más esporádicos, y el cigarrillo siguió estando siempre presente. Casi como un recordatorio ardiente y mudo de lo que no pudo ser, de lo que jamás será. El cigarrillo es, en cierto modo, una causa lateral pero inevitable. El cigarrillo es el símbolo de la falta de compromiso, y de la falta de interés en un futuro juntos. Cigarrillo equivale a enfermedad y muerte en mi cabeza. Y hay ciertos tipos de muerte que ocurren incluso antes que la desaparición física. Entonces sé que cuando hablo de la tipa del Pontiac rojo, en realidad estoy hablando de él, y que su espejo retrovisor es mi beso de buenas noches. Irrelevante. Olvidable. Segunda prioridad (que es casi como decir prioridad de segunda). Su cigarrillo es el cigarrillo siempre encendido de alguien que, en mi vida, poco a poco se fue apagando.

El semáforo se pone verde. Salgo rápido, para poder pasar al Pontiac rojo y abrir las ventanillas. Las abro casi tan abruptamente como las cerré, pero esta vez las abro del todo. El viento inunda nuestro pequeño universo, revuelve las cabelleras, los papeles sueltos, las ganas de que este verano no termine nunca. Como todos los veranos, desde que me mudé a Boise, este es breve y tiene un final que se vislumbra en las noches más frescas y el comienzo incipiente de las clases. Y siempre está el verano próximo, claro, como expresión de deseo necesaria, para poder pasar el invierno que se me viene.



Acompaña Nerina Pallot, con "Cigarette"

miércoles, 6 de marzo de 2013

Clase de música

Son las ocho de la noche y tuve un largo día que aún todavía no termina. A duras penas pude sacarme el maquillaje, después de una jornada que incluyó un largo experimento de química a la mañana, e interpretación para una delegación de San Luis Potosí, México, por la tarde. Cuando salgo de la cárcel, llamo a casa para asegurarme de que Vera llegó viva en bici, después voy buscar a Matilda a la escuela, la llevo a danza (no sin antes pasar por Powell's para comprar golosinas, es como la visita al quiosco), después vuelvo a casa a hacer la comida para Vera (Mike ya comió y hoy se acuesta temprano porque empieza muy temprano mañana), y dedico unos minutos a contestar un par de mails. Enseguida llega la hora de ir a buscar a Mati a danza. Volvemos, le preparo la cena, como algo yo (con los cuatro o cinco cafés del día no me alcanza), y le digo por enésima vez que termine de hacer los deberes. Después, mientras me lavo la cara, me doy cuenta de que Mike ya va a estar dormido cuando yo me acueste, porque antes de irme a dormir todavía tengo que terminar el experimento de la mañana que quedó inconcluso, tengo que empezar (por lo menos) a ver una película que tengo que tener vista para mañana a las doce del mediodía, y tengo que leer un artículo. Se me va la poca energía que me queda de sólo pensar en todo esto. También (¡cómo olvidarlo!) tengo que hacer una llamada telefónica antes de que se haga demasiado tarde, relacionada con la reunión que tengo el viernes, para saber si me recibo en mayo, tal como estaba previsto, o si todo este esfuerzo es en vano. Y tengo que seguir juntando documentación para la dichosa reunión, y pensar en la logística de mañana a la noche, en que mis hijas tienen que estar a la misma hora en lugares diferentes para sus entrenamientos de fútbol...

Todo esto está en mi cabeza, compactado, enmarañado, mezclado como esos mejunjes de plastilina de colores que empiezan poco a poco a tomar un tinte verdoso amarronado, mientras salgo de mi pieza, después de sacarme el maquillaje y decirle buenas noches a Mike, para bajar a la cocina a empezar con lo de química antes de ver la película. Pero me detengo en lo alto de la escalera. Escucho una vocecita (es casi inaudible, pero yo la escucho) que viene del baño. Es Matilda, cantando en la ducha. Me acerco a la puerta, casi sin darme cuenta de lo que hago. Mi mente se opone, pero mi cuerpo no le hace caso y va solito, como quien sabe lo que hace.

Me quedo parada y escucho cómo canta. Y entonces ya no soy yo. Soy una rata que sigue, ciega, al flautista de Hamelín. Soy Ulises, embelesado por el sonido divino de las sirenas. Soy testigo involuntaria de este momento casi perfecto, cuando mi hija canta en la ducha sin saber que estoy escuchándola del otro lado de la puerta. Apoyo la cabeza y cierro los ojos. Me dejo llevar por ese hilito de voz que canta una canción que no conozco, en un idioma que, cuando yo tenía su edad, me era mitad desconocido. Una canción que se repite una y otra y otra vez, como un mantra. Como una promesa. Mis ojos no se abren, la canción no termina nunca. Pero, ¿es una canción o es un sueño? Momento mágico que borra con un golpe sonoro todo lo demás. El mejunje alborotado de problemas, cosas pendientes y quilombos varios desapareció para siempre, aunque sea por un rato, mientras escucho esta canción que me acuna.

No hay caso. Todos los días aprendo algo nuevo. Hoy, tuve clase de música y aprendí que, a veces, ganamos tiempo cuando no nos importa estar perdiéndolo.

domingo, 10 de junio de 2012

Recuerdos del presente

Cuando no me gusta el destino al que voy (la casa de mi ex marido, en este caso), elijo el camino que más me agrada. Voy por la ruta pintoresca que, aunque un poco más larga, es mucho más hermosa. Disfruto cada curva del camino irregular, dejo que me penetren los sonidos de los árboles, me dejo sobresaltar por los pájaros. Respiro la tierra seca que pide agua a gritos, el graznar de los patos inquietos, tal vez hambrientos (o aburridos, vaya a saberse); imagino, sin ver, el agua helada del río que corre más abajo, ajeno a mi viaje. El paisaje se transforma y me transforma; metamorfosis inesperada. No recorro la montaña: soy la montaña.

Tendemos a olvidarnos de que no se trata del destino, sino del viaje. El camino de vuelta se me hace demasiado corto. El sol cae y el volumen de los sonidos aumenta. Atravesada por el verde de la vegetación que parece haber crecido desmesuradamente durante estos pocos minutos que pasé en el sitio al que no quería ir, sé que disfruté cada milímetro recorrido hasta llegar al punto de máximo distanciamiento. Y ya estoy de vuelta en casa, como si nada hubiera ocurrido nunca.

Es abrir la puerta y darme cuenta de que jamás me despedí al irme de ahí. ¿Y qué? Tampoco nadie me dio la bienvenida cuando llegué.

martes, 29 de mayo de 2012

La fotógrafa que amaba y odiaba las fotos

La mejor y la peor parte de hacer orden es encontrar fotos viejas. Me encanta encontrar fotos de mis hijas cuando eran más chicas, y recordar en dónde estábamos cuando se sacaron esas fotos. Pero no me gusta encontrar fotos de mi ex marido, principalmente porque no sé qué hacer con algunas de ellas. Las fotos en las que aparece conmigo (que se cuentan con los dedos de una mano, y sobran dedos) son las más fáciles: van directo a la bolsa de la basura. Las fotos en las que está solo, con con sus amigos o con compañeros de la universidad no me resultan tan problemáticas tampoco; las pongo aparte para dárselas a él, o al basurero, según mis ganas. Pero las que me provocan conflicto son las fotos en las que aparecemos ambos con alguna de nuestras hijas, sobre todo aquellas fotos en las que aparecemos solamente con Matilda.

Siempre dije, tras separarme, que Matilda (la menor de mis hijas) nunca va a tener el recuerdo de haber visto a sus padres juntos y felices. A diferencia de Vera, que pudo ver, sin duda, a sus padres demostrándose cierto cariño, Matilda nació en una casa dividida. Y así vivió seis años, hasta que finalmente la división virtual se hizo tangible y se transformó en dos padres con dos casas y dos vidas circulando por carriles cada vez más separados.

Es por eso que, al encontrar fotos (que ni recordaba) en las que aparecemos los tres, con "cara de foto", se me hace el nudo en el estómago. Pero no tiene que ver con mis sentimientos actuales, que son muy claros y serenos. Mi vida tiene sentido nuevamente, al encararla en compañía de aquellos a quienes amo y respeto, y por los que me siento correspondida en igual medida. La duda cruel se me presenta en el momento de decidir qué hacer con estas fotos de una familia feliz que no era tal.

La mejor decisión a la que puedo llegar, si bien no es obvia, ni simple, es la única que me tranquiliza en cierta manera. Voy a guardar las fotos de la discordia en sobre cerrado, en la pieza de Matilda, para que algún día ella pueda verlas y decidir por si misma si lo que muestran es verdad o ficción. Pero a ella le pertenecen. Es algo que su padre y yo le debemos.

jueves, 3 de noviembre de 2011

La espuma del café

En Argentina, es común leer en los titulares de los diarios que tal o cual causa "volvió a fojas cero". De algo similar se trata cuando un juez declara un juicio nulo ("mistrial") en Estados Unidos. Por diferentes motivos (muchas veces relacionados con la imposibilidad de asegurar que el jurado sea imparcial), el juez resuelve que la causa no puede seguir avanzando y declara el juicio nulo, para alegría de unos pocos, enfado de unos cuantos, y desconcierto y conmoción general en la sala.

Y es, exactamente, lo que a veces ocurre en alguna de las causas para las que me toca interpretar en el tribunal. Tras argumentos de los abogados, y un prolongado y concienzudo voir dire (el interrogatorio para elegir a los miembros del jurado, o para cuestionar su idoneidad durante el juicio), el juez resuelve declarar el juicio nulo; a veces, tras varios días de presentación de pruebas. Taza, taza, cada uno a casa, a elegir un nuevo jurado en un par de semanas, o tal vez en un par de meses, y a volver a empezar...

No debe resultarle fácil a un juez una decisión de este tipo. Muchos recursos, mucho tiempo, mucho dinero, muchas expectativas de una inmensa cantidad de personas están invertidos en un procedimiento de tal calibre, y la declaración de un juicio nulo no es algo que ningún juez puede tomarse a la ligera.

Cuando eso ocurre, resulta fácil caer en la sensación de globo pinchado, en la desilusión de dar marcha atrás para arrancar de nuevo; casi, casi como si nada hubiera sucedido.

Sin embargo, tras el impacto inicial, llega la reflexión y la aceptación de que la justicia no siempre se ve cuando "se hace", sino que aparece algo después, clara como el agua, tras haber juntado los bártulos, haber bajado los seis pisos en ascensor, haber subido al coche, y haber terminado en un antro de perdición como el Flying M, en donde siempre asoma, contundente, la justicia de un café fuerte con mucha espuma.

domingo, 23 de octubre de 2011

Reelección en Argentina

Qué puedo agregar. ¿Tenemos los dirigentes que nos merecemos? ¿También se aplica a los que nos fuimos?

martes, 18 de octubre de 2011

Mi calcomanía de Barack Obama

Recién pegué en el paragolpes trasero de mi coche una calcomanía que dice "Barack Obama 2012". Estoy lista para que me bombardeen con preguntas acerca de por qué apoyo su reelección. Mi respuesta es muy clara y simple: prefiero que Obama, con todos sus defectos, sea reelecto, a tener cualquier presidente republicano (y los precandidatos me dan miedo).

Por más mal que esté todo, es claro que con un loco de presidente (cómo olvidar a Dubya) sería todavía peor.

Apoyo la reelección de Barack Obama. Que se sepa.

viernes, 14 de octubre de 2011

Death by Sushi

Tras meditarlo profundamente (durante cinco segundos), he decidido contar esta experiencia, tal vez con la esperanza de salvar alguna vida, si alguien se encuentra en una situación similar a la mía de hace unas semanas.

En mis numerosas y frecuentes visitas a la cárcel del condado en el que resido, me encuentro cerca de uno de mis lugares favoritos para comer sushi, llamado Fujiyama. Voy relativamente seguido, dado que a veces cuento con poco tiempo entre visitas, con lo cual tengo una especie de categoría VIP: todos me conocen, y además saben que suelo estar apurada. Por otra parte, quien se precie de conocerme de verdad, sabe que no me arreglo ni con una hamburguesa pedorra de plástico, ni con un café con una dona como almuerzo. Necesito comida más o menos saludable, y que me genere un mínimo de satisfacción para seguir adelante con el resto del día. Fujiyama, entonces, es mi lugar ideal para un almuerzo rico y rápido.

Cuando voy sola a Fujiyama, me siento en la barra, y a veces los Sushimen (muchos de ellos, oriundos de Vietnam) me preguntan cómo se dice tal o cual cosa en castellano, y yo les pregunto a ellos cosas de su idioma, su cultura, etc. Tengo "coronita" (porque suelen darle prioridad a la preparación de mi almuerzo, incluso con el local lleno) y les dejo propinas tan sabrosas como el sushi con el que alimentan mi estómago y mi cerebro. Y todos quedamos contentos.

Cuestión que en una de mis visitas recientes, me senté en la barra, como siempre, y el Sushiman de turno era nada más ni nada menos que el dueño (o quien yo creo que es el dueño). El local estaba semi-vacío, porque todavía era temprano, y me gustaba la idea de comer tranquila sin demasiado alboroto a mi alrededor, antes de volver a la cárcel para una larga visita (que también tuvo sus consecuencias, que serán motivo de otra publicación).

El Sushiman/presunto dueño del restaurante se llama Jason (o ese es su nombre occidental), y pocas veces se lo ve detrás del mostrador preparando sushi. Suele estar sentado en una de las esquinas de la barra, con vista a la puerta, relojeando todos los movimientos del local. Pero esta vez Jason iba a preparar mi sushi, lo cual sentí como un gran honor. Y se ve que Jason también estaba emocionado por ser mi Sushiman de turno, porque me preparó mis cuatro nigiri (dos de salmón, dos de atún, mis favoritos) en un abrir y cerrar de ojos.

Cuando me inicié en el sushi, allá lejos y hace tiempo, en Buenos Aires, una cosa que oí y que, por algún motivo, se quedó pegada en mi cabeza, es que las piezas se comen de un bocado. Nada de andar cortando o trozando las (ya trozadas) piezas de sushi. "Es ofensivo para el Sushiman" me dijo una vez alguien (a quien no respeto mucho en realidad), y a pesar de jamás haber intentado constatar dicha aseveración, extrañamente, la incorporé como propia. Me meto toda la pieza de sushi, por más grande que sea, en la boca, y le demuestro mi respeto al Sushiman, aunque el tipo esté en el baño y no pueda verme cuando me zampo su obra maestra.

Pero claro, Jason, en su afán de complacerme, me preparó cuatro nigiri que parecían más bien cuatro bifes de chorizo, por el tamaño que tenían. Los tres primeros no ofrecieron mayor inconveniente, y los deglutí con pasión, intentando saborear la exquisitez del sabroso pescado combinado con el arroz, la salsa de soja y el wasabi. Pero al llegar al cuarto y último nigiri, pasó algo extraordinario. Cuando digo "extraordinario", quiero decir exactamente eso: fuera de lo común. Y es que casi me muero.

Me metí el nigiri, todo entero, en la boca, y de pelotuda que soy nomás, me lo tragué casi sin masticar. ¿Que por qué lo hice? ¿No acabo de decirles que de pelotuda que soy, nomás? No le encuentro otra explicación. Me encanta el sushi, y por más apurada que esté, trato de no apurar la comida, sobre todo si se trata del último bocado de algo espectacular.

"Me lo tragué" dice la pelotuda. No, no me lo tragué; por lo menos, no inicialmente. El nigiri en cuestión se quedó atravesado en mi garganta (¿en mi esófago, tal vez?) a medio camino entre recuperar su libertad por el orificio por el que había entrado, o seguir su ruta para iniciar el ciclo de la digestión. Estaba ahí, atrancado, y no se movía para ningún lado.

Muchas veces, en la literatura o en el cine, cuando un personaje está a punto de morir, o en una situación que lo pone al borde de la muerte, se ofrece la imagen de que la vida entera de esa persona pasa por delante de sus ojos, en un segundo. Permítaseme decir que no fue eso, exactamente, lo que me ocurrió a mí. Lo que me ocurrió fue que pensé "Mierda, voy a morirme comiendo sushi. Qué tarada". Tras un par de segundos que se hicieron eternos (eso sí es igual que en las películas), me puse de pie rápidamente, y pensé "¡Tengo que pedir ayuda! ¡No puedo morirme así! ¡Quiero ver crecer a mis hijas, quiero volver a ver a mis padres y a mi hermano, quiero decir 'PUTOSSS' una vez más con Henar, quiero envejecer al lado de alguien que me ame, y quiero seguir comiendo sushi por muchos años más!" No sé si fue porque Jason me clavó la mirada (y cuando Jason te clava la mirada, te atraviesa con su sable de samurai), o porque el mismo movimiento de pararme ayudó, de alguna manera, a empujar el atascado nigiri a que siguiera su curso natural, hacia abajo a través de mi esófago, pero el hecho es que me lo tragué, finalmente, y no me morí, como podrán apreciar, porque estoy escribiendo estas líneas.

Jason parecía demandar una explicación a mi comportamiento repentino. ¿Qué era eso de pararse de golpe? ¿Tan apurada estaba la señorita argentina, que tenía que irse tan rápido? El hecho es que el atoramiento había durado unos pocos segundos, y nadie (de los pocos parroquianos presentes) pareció darse cuenta de que casi tienen que llamar a la ambulancia, a los bomberos y al forense. Y Jason parecía seguir demandando una explicación con sus ojos punzantes incrustados en los míos, que a esta altura ya estaban semi-llorosos.

"Nada, le puse mucho wasabi", atiné a inventar de la nada, mientras me sentaba nuevamente. Evidentemente, el estrés no ayudaba mucho a mi funcionamiento neuronal. Estaba temblando, y sonó como una excusa muy poco creíble. Pero no para Jason, quien pareció satisfecho con mi comentario y volvió a dirigir su mirada a su cuchillo y su mesa de preparación.

Me quedé unos minutos sentada, a pesar de que ya era hora de irme, intentando reflexionar sobre lo ocurrido en los instantes previos. Sí, casi me muero con un nigiri en la garganta. Pero lo menos digno de una muerte tan poco digna era pensar que ni siquiera había podido disfrutar de mi último bocado.

lunes, 3 de octubre de 2011

Fecha de vencimiento

En una de las escenas finales de "El vengador del futuro" (otra espantosa traducción de un título de película, "Total Recall" en este caso), Douglas Quaid, alias Hauser (encarnado por Arnold Schwarzenegger) pone su mano en un dispositivo fabricado mucho tiempo antes, para encender un reactor que supuestamente permitiría crear una atmósfera de oxígeno en Marte. La pregunta que siempre me hago cuando veo (o recuerdo) esa escena es cómo saber que el aparato va a funcionar. ¿Es una cuestión de fe creer que algo que se creó mucho tiempo atrás y quedó abandonado puede todavía reaccionar del modo esperado? ¿No estará oxidado? ¿No se habrán atrancado los engranajes?

Esto se aplica a mí misma, en situaciones cotidianas, de las más simples a las más complejas. Desde utilizar una función en mi computadora, o teléfono, que jamás usé hasta ese momento, pasando por el encendido de los regadores todas las primaveras, hasta la posibilidad de escribir una buena historia, cuando desde hace años que no escribo ninguna. Demasiados años.

Pero, como Quaid, soy optimista. Me resisto a creer que mis mecanismos de escritura se hayan inutilizado con el tiempo. La comparación con el añejamiento del vino es un cliché que ya me tiene harta, con lo cual me remitiré a decir, lisa y llanamente, que la creatividad no debería tener fecha de vencimiento, sin importar cuántas décadas hayan pasado desde su último uso. Como Quaid, pongo la mano en el dispositivo, y me entrego.

domingo, 2 de octubre de 2011

Cero horas, dieciocho minutos

(21 de julio de 2011)

Ya es jueves, día de recolección. Saco la basura, y cuando termino de empujar el tacho con rueditas hasta la vereda, veo, a lo lejos, la silueta de lo que parece un coyote, tal vez un lobo, que trota por la calle. Más bien se diría que vi un fantasma. Masa incorpórea, nube de pelos... ¿Vi, o me vieron? La media luna amarilla, apenas borroneada por unas pocas nubes, de una perfección egoísta, me mira y se ríe, como siempre. "Andá", pareciera decirme la muy desgraciada. "Andá, metete otra vez y ponete los auriculares. Seguí perdiéndote este espectáculo". Y yo, que nací para someterme a sus caprichos, le hago caso y me voy.

lunes, 3 de marzo de 2008

Hmmm

Hace mucho que no actualizo. Y hoy no tengo tiempo.

jueves, 7 de junio de 2007

Todas las pavas

Acá, en Estados Unidos de Estemos-Bien-Seguros-landia, todas las pavas chiflan. Me imagino que los fabricantes deben verse forzados a ponerle el pito a la pava (con perdón), para evitar incendios por recalentamiento-de-pava-por-agua-evaporada-porque-el-usuario/a-la-olvidó-en-la-hornalla. Hasta me imagino una cláusula para los fabricantes de pavas, obligándolos a poner el coso ahí.

Lo cierto es que es IMPOSIBLE encontrar una pava pedorra, de aluminio, para el mate, que no venga sin el adminículo silbatero en cuestión. LO PEOR es que a la pava soronga que tenemos en casa se la llena por el pico.

A dónde hemos ido a parar, señores. Tenemos que exportar pavas de Argentina, tenemos...

PD: ¿y si el usuario/a es sordo/a? ¿Venderán pavas con intérprete?
PD2: la próxima visita de Argentina viene con pava de aluminio del bazar "La Luna" en la valija, o la mandamos de vuelta.

miércoles, 2 de mayo de 2007

El que roba a un ladrón...

... ya saben. A veces, cuando hay noticias así, hay como un pequeño alivio, una sensación de cierta (ínfima, aunque más no sea) justicia. Hasta podríamos brindar, por qué no...

lunes, 30 de abril de 2007

Buenos vecinos

Jim Smithers, parado al lado de la puerta con sus bermudas color caqui, su chomba Polo verde oliva a rayas, su gorra gris con el logo del club de golf, y el fierro largo que usa para abrir los regadores en su mano izquierda, parece más un personaje salido de alguna de las historietas de Tintín que nuestro vecino de la esquina. Pero es nuestro vecino, claro.

Acaba de tocar el timbre, y yo (sin largar el teléfono porque estoy hablando con una amiga y es siempre difícil encontrarnos para hablar) le digo muy educadamente que gracias, que ya veo que le avisaron que fui a buscarlo más temprano porque estaba luchando inútilmente con los regadores y necesitaba su ayuda, pero que ya lo había logrado, a expensas del fierro largo y los malabarismos del otro vecino de al lado.

Smithers me sonríe, tal vez porque se siente aliviado del trabajo al que lo sometemos todas las primaveras, al pedirle auxilio porque no nos acordamos cómo carajos abrir los regadores y, encima de todo, tampoco tenemos ese fierro que cuesta unos quince mangos, pero quién sabe por qué nos resistimos a comprar; tal vez porque es para usarlo sólo una vez al año, y sobre todo si podemos pedírselo prestado a algún vecino (como él, o el vecino de al lado, o el otro vecino de al lado). O tal vez sonríe por no putearme. O tal vez sonríe porque es un buen vecino, y se despide cordial, con una sonrisa, como corresponde. Yo sigo con mi amiga en el teléfono, y me río, contándole que el vecino parece un personaje de Tintín, descripción incluida. Jim Smithers, me parece por un instante, se estremece ligeramente, el movimiento es tan sutil que por un momento creo que no lo ha hecho, pero sí: a pesar de que está a unos cuantos metros de distancia de la casa, es claro que sus hombros y su espalda han realizado ese movimiento ínfimo del que se sabe, o se cree, criticado, burlado a sus espaldas. Un escalofrío que recorre la espina dorsal, de arriba a abajo. Lo reconozco, porque lo he vivido tantas veces en carne propia.

Y no es así, pienso en decirle, porque creo que va a venir a encararme, no me estoy riendo de él, no, no. Pero en el fondo, sé que sí. Y pensar que es tan buen vecino. No tengo derecho.