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miércoles, 31 de julio de 2019

circulares

31 de julio de 2002: United Airlines Bs. As. - Chicago, viaje de ida para irme a vivir a Iowa City, Iowa (con consiguiente traslado a Boise, Idaho, dos años después).
31 de julio de 2019: Propofol IV 130 mg, Versed IV 2 mg, viaje de ida para tolerar colonoscopía de rutina.
Como diría J. L. Borges, "A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos". Ponele.

martes, 27 de agosto de 2013

Brujerías de la mente

Las brujas fueron una parte fundacional de mi infancia, y una de las brujas que más recuerdo (aparte de la que se me aparecía recurrentemente en mis sueños) es la Bruja Mala del Este. La primera vez que vi la película "El mago de Oz", con Judy Garland, tendría unos seis o siete años. Tras la cruda (e indudablemente prolongada) experiencia fílmica, sólo podía recordar a la bruja muerta, aplastada por una casa. De hecho, todo lo que se ve de esa bruja en la película son los zapatos rojos y las medias rayadas. Un escalofrío horroroso me recorría todo el cuerpo al recordar esos pies que se esfumaban, y la inexplicable y repentina aparición de los zapatos de la bruja en los pies de Dorothy.

Jamás olvidé esa escena, probablemente la única de todo el largometraje que quedó grabada en mi memoria, hasta que muchos años después, en Iowa City, Vera se enamoró de la película y la vio (y me obligó a verla) unas ciento cuarenta veces, por hacer un cálculo conservador. Fue así que me reencontré con la escena en cuestión, y recordé, tanto tiempo más tarde, mi sensación de náusea, de angustia, de terror liso y llano, al observar, cada vez, el encogimiento y desaparición de los pies de la Bruja Mala del Este, aplastada por la casa, y la aparición de los zapatos rojos en los pies de Dorothy. Pero ese terror ya no estaba; era sólo el recuerdo de algo que había sido indudablemente real, pero que ahora le pertenecía al pasado.

Hoy me pregunto cómo el tiempo cambia, embellece, apacigua aquello que nos aterra, hasta llegar a hacer que parezca hermoso, artístico, absolutamente perfecto.

martes, 6 de diciembre de 2011

My own private Idaho

¿Qué es lo que me provoca esa sensación de viaje, no sólo geográfico sino en el tiempo, cada vez que cruzo desde Idaho a Oregon, y viceversa? Muchas veces me planteo esa pregunta, porque cada vez que cruzo y veo los cartelitos de "Idaho les desea buen viaje" y "Bienvenidos a Oregon" (y los equivalentes a la vuelta), siento como si me estuviera yendo de viaje por un año a un lugar desconocido y hace mucho tiempo. Y cada vez que cruzo, en un sentido y en el otro, me hago la misma pregunta. ¿Qué hay en este cruce de frontera estatal que me hace viajar más allá del simple viaje en coche? Porque lo cierto es que estos viajes son de trabajo, en general involucran una visita a una cárcel o una prisión, y nunca incluyen una estadía nocturna.

"Beam me up, Scotty! I need to return from Oregon."
Image: Salvatore Vuono / FreeDigitalPhotos.net
Hoy me preguntaba lo mismo que tantas otras veces, al volver a ver el mentado "Bienvenidos a Idaho" cuando cruzaba de vuelta. Y ahí es donde la famosa "serendipity" de la que hablaba en otra publicación hizo su aparición una vez más, porque empezó a sonar por los parlantes del coche la canción "Better Days" de los Goo Goo Dolls, y encontré la respuesta. No es que me parezca que viajo en el tiempo: es la pura verdad. Esta vez, viajé seis años al pasado, a fines de 2005. Ese diciembre fue que decidí comprarle a Miguel un iPod nano de regalo de Navidad.

Para los que necesiten algún tipo de explicación, Miguel es mi ex-marido (la RAE dice que ahora se escribe "exmarido", todo junto, pero el guión en el medio le da más categoría de "ex", así que voy a mantener la vieja ortografía, y me cago un pelín en la RAE). En 2005, las cosas ya no andaban tan bien entre nosotros. Hacía cosa de año y medio que nos habíamos mudado a Boise, tras vivir dos años en Iowa City, y la mudanza me afectó al punto de dejarme un año deprimida y sin ganas de nada. Pero en 2005, otra obra de "serendipity" hizo que conociera a Laura, con quien estaba hablando un día en una plaza cuando se nos acercó Sandra, que escuchó nuestro castellano argentino, y cuya aparición en ese momento y en ese lugar cambió drásticamente (y para bien) el curso de mi vida. Es gracias a Sandra y a Laura que me animé a estudiar interpretación, y es gracias a esa serie de coincidencias que hoy me encuentro en donde me encuentro. Pero volviendo a diciembre de 2005, las cosas en mi matrimonio estaban mal, y se me ocurrió comprarle a Miguel un iPod de regalo, y ponerle algunas canciones antes de dárselo. Lo que no sabía yo es que a todo el país se le ocurre hacer compras de Navidad justo antes de Navidad (¡qué desconsiderados!), y había una especie de fiebre por la que no se conseguían iPods por ningún lado. Ya medio tarde, lo encargué por internet al sitio de apple, pero no llegó a tiempo (debería haber llegado el 24 de diciembre, pero llegó un par de días después), con lo cual tuve que entregarle mi regalo a destiempo, y no pude meterle por adelantado las canciones que quería. La única canción que recuerdo que me interesaba especialmente poner en ese iPod era "Better Days" de los Goo Goo Dolls. Precisamente, la canción que empezó a sonar hoy cuando volvía de Oregon a Idaho. Me acuerdo de que quería regalarle esa canción porque, claro, empieza con esta frase: "Y me preguntaste qué quiero este año, y voy a tratar de decirlo de buena manera y claramente: sólo la oportunidad de que, tal vez, tengamos días mejores". Eso era lo único que quería yo a fines de 2005: días mejores con Miguel. La canción habla de un amor un poco más amplio, humanitario, global. En mi caso, era absolutamente personal: era mi intento por salvar, una vez más, lo insalvable. No sería sino casi cuatro años después que ya no habría ganas de salvar nada, y que me decidiría de una vez por todas a vivir mi vida sin él.

Hoy, cuando entraba a Idaho, por ese portal espacio-temporal marcado por el cartel de bienvenida y la canción de los Goo Goo Dolls, tuve un instante de delirio, o ciencia ficción (¿Quién no los tiene? A mí me ocurren todo el tiempo), en el que me pregunté qué habría sentido si me hubiese acostado a dormir el 24 de diciembre de 2005, y me hubiese despertado en diciembre de 2011. Muchos se imaginarán en estado de shock, con seis años más de arrugas, algún lunar que antes no existía, y pánico al despertarse en una cama diferente, a solas, y con un piyama que no recordaban tener. Yo me imaginé que me habría despertado en Idaho, viviendo días mucho, mucho, mucho mejores que esos de 2005.

viernes, 28 de octubre de 2011

Karma (parte I)

Tras un día agotador, que prácticamente pasé en su totalidad adentro de la cárcel del condado de Ada, con un breve intervalo para ir al correo y tomarme un té y un sandwich (sí, opté por un pseudo-almuerzo pedorro; nada de sushi por esta vez), volví a casa por la autopista I-84. Hay algo de "road-movie" en mis trayectos por la autopista, por más breves que sean; no sé si a causa de la música que sale de los parlantes del coche, por los caprichos del azar del "shuffle", o si porque tras tantas horas de interpretar e intentar establecer la comunicación entre la gente, mi cerebro se comporta como una torta frita. El hecho es que disfruto de la recientemente renovada sección que me lleva a mi casa, ensanchada a cuatro o cinco carriles, lo que parece darle a la ciudad una categoría un poco más cosmopolita y de "gran urbe".

Así estaba, manejando y permitiendo que mi torta frita cerebral divagara en boludeces, cuando veo frente a mí un coche que a nadie más que a mí le llamaría la atención. Bueno, hay un detalle en particular que seguramente llamará la atención de algunos (como seguramente es la intención de la conductora del coche en cuestión), porque es un BMW de color azul metalizado, cuya chapa personalizada dice, por si no nos dimos cuenta de la marca, "BMW". ¿Por qué me llama la atención, más que al promedio de la gente, este coche con una chapa tan anal? Porque se trata del mismo coche, ni más ni menos, al que choqué en marzo de 2009. Para los que no conozcan la anécdota, paso a relatarla (y para los que la conozcan, se joden y la escuchan otra vez).

Ese fatídico día, por motivos que no vale la pena mencionar, me encontraba profundamente alterada y (resulta fácil decirlo ahora) no debería haber estado manejando. Llegué a una intersección con un "Stop" (hay que parar, aunque no venga ni la sombra del fantasma de un coche) y seguir. El coche de adelante paró (sí, la señora del BMW con la chapa en cuestión, llamémosla "la vieja BM"), yo paré detrás, e ipso facto aceleré y le dejé el baúl como un acordeón. Mi estado mental de alteración profunda me ampara, y me permito omitir mi propia explicación de por qué aceleré antes de que la vieja BM lo hiciera (aunque podrán imaginar que estaba en un estado de falta de coordinación pies-cerebro). Mi humilde Mitsubishi 4x4 había sido más fuerte que su paquete y frágil BM, y cuando la vieja BM salió del coche, dio la vuelta y vio el estado de garche en que le dejé su sección trasera, procedió a increparme del modo más vil y grosero del que tenga memoria que alguien me haya increpado alguna vez en mi vida.

-¡¡HIJA DE PUTA!! ¡¡Mirá lo que le hiciste a mi coche!! ¡Era un coche hermoso!- me gritó, entre otras cosas igual de lindas, que incluían la mención de mi puta madre y su hermoso coche.

Yo seguía adentro del mío, en estado de shock, con lo cual atiné a omitir mi opinión de que tal vez lucía mejor ahora, con el baúl acordeonado, que antes, un BMW aburrido y soso, pero decidí seguir escuchando mientras pensaba qué tipo de acción tomar (salir corriendo, llamar a la policía, visitar el negocito de la estación de servicio que estaba al lado y comprarme una coca diet...) La vieja seguía insultándome con todo el diccionario, y los coches se acumulaban detrás mío, con la clásica parsimonia idahoense: sin emitir ruidos, bocinas ni señal de impaciencia alguna. Nos pasaban por el costado y seguían viaje. Tal vez algún curioso me reconoció detrás de mis anteojos estilo Jack Nicholson que no me ayudaban a ocultarme y permanecer muy anónima que digamos. También recuerdo que tenía las uñas de las manos pintadas de naranja (yo, no la vieja BM). No viene a cuento y no tiene nada que ver, pero es una de esas pelotudeces que recuerdo sin saber por qué.

Al fin, me decidí a llamar al 911, temerosa de que la vieja BM se pusiera físicamente violenta, tras la diarrea de violencia oral. No quise mover mi coche hasta que no apareciera un cana, y no quise bajarme tampoco. Tras unos minutos en los que la vieja BM iba y venía de su coche al mío, mirando su coche y puteándome en sucesión constante (hasta imagino que habrá dejado un rastro en el asfalto), se ve que se le pasó un poco la ansiedad de su joyita, su bebé, su maravilla arruinada por esta ingrata bastarda, y se acercó hacia mi ventanilla una vez más, intentando una especie de disculpa.

-Lo siento- empezó a decir, y me tocó en el brazo que yo tenía apoyado en la ventanilla.

-Vos a mí no me tocás- fue lo único que atiné a decirle a la vieja BM, tras rápidamente retirar mi brazo con una sensación de asco e impotencia porque me había tocado. A veces, mis reacciones son demasiado yanquis. Aunque esta vez también hubo un poco de sentido común. ¿Quién disfruta si lo toca un ser anal, violento y con los pelos rubios teñidos electrizados como si hubiera puesto los dedos en el enchufe?

Para hacerla corta: vino la policía, nos corrimos a un estacionamiento a la vuelta, el cana nos interrogó por separado, y me hizo la multa, que pagué religiosamente (jamás negué que fuera mi culpa, y mi seguro se hizo cargo del baúl acordeonado de la vieja BM).

Ayer, al volver a ver el BMW en cuestión, y a la vieja BM al volante, ya desde mi Prius (el Mitsubishi pasó a la historia en noviembre de ese mismo año del choque), sentí lo que siento casi siempre que paso por la intersección en donde ocurrió el accidente: sonrío desde adentro hacia afuera, cómplice conmigo misma, pensando cuánto mejor es mi vida ahora que en la época del mentado choque.

Seguí por un rato a la vieja BM, que bajó en la misma salida que bajé yo, se adelantó vilmente (al estilo argentino, podría decirse) por el carril incorrecto a todos los que íbamos por el correcto, y se perdió en la lejanía.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Prontuario

Vuelvo a Fujiyama por primera vez, tras mi reciente coqueteo con la muerte, y me siento en una silla en el bar, como es costumbre cuando voy sola. Esta vez se me hizo un poco más tarde, y el restaurante está bastante concurrido, pero el bar está casi vacío. Elijo en donde sentarme, y pido mi típica ensalada de verdes y un roll de atún picante (nada de nigiri por hoy).

Notablemente, Jason está detrás del mostrador, como aquel fatídico día, preparando el sushi con sus manos expertas. El roll sabe divinamente, y tras terminar mi almuerzo y mi té verde (hace frío para Coca diet), me distrae un comensal que se sentó justo al lado mío, ¡como si faltara lugar!

-¿Estaba bueno?- interrumpe mis pensamientos con su pregunta de perogrullo.

-Espectacular, como siempre- decido responderle, tras haber meditado unos instantes en contestarle algo un poco más sarcástico y menos obvio. Lo que hace que me contenga es ver cómo Jason deposita frente a este buen hombre un plato lleno de nigiri de salmón. "Que haga su propia experiencia", pienso, y me retiro sin mayor parsimonia que un breve pero sentido agradecimiento silencioso por seguir viva en este mundo de gente tan arriesgada.

jueves, 7 de junio de 2007

Aclaración pavota

Y vamos, che, que quien sabe de mate, sabe que el agua JAMÁS SE HIERVE, sino que se calienta nomás hasta ahí, con lo cual es obvio que hay que estar haciéndole guardia a la pava al ladito, ergo, jamás se nos evaporará la cuestión...

(Excepto una vez, según recuerdo, que puse el agua, me fui a la mierda quién sabe por qué, y cuando volví, no sólo se había evaporado toda el agua, sino que la pava se agujereó mal. Pero eso me pasó en Buenos Aires, así que no cuenta).

domingo, 6 de mayo de 2007

Compartiendo yecuerdos

No sé, será que me puse melancólica porque es el mes de mayo, y se vienen el día de la escarapela, el día de la patria, y la mar en coche.
Comparto, entonces, un pedazo de historia en común, una de esas cosas que remueven las entrañas y esa porquería.
Un abrazo desde la eschatóhfera.


jueves, 5 de abril de 2007

Eso sí: no me pidan que me acuerde en dónde dejé la billetera

¿Por qué algunos recuerdos se nos aparecen sin aviso previo? Quién sabe ahora qué estaba haciendo yo anoche, tal vez trataba de arreglar un collar de plástico roto, cuando me atacó el siguiente recuerdo: Te Dejé Un Pescado Con Salsa En Casa. Paso a explicar.

Hay un juego (cuyo nombre ignoro, tal vez alguien pueda ayudarme en eso), parecido al "Juego del Diccionario", en el que uno de los participantes (asumiendo que juega un grupo de, por lo menos, tres personas) elige una frase al azar, de ocho palabras, de un libro, y les dicta al resto de los participantes las iniciales de esas ocho palabras (en general, para hacerlo más divertido, no se toma una frase "completita", o desde el principio, sino el final de una oración y el inicio de otra). El resto de los participantes tiene que escribir, individualmente, una frase o fragmento creíble, con esas iniciales en ese mismo orden, mientras el que eligió la frase escribe exactamente lo que eligió, y luego todos votan por la frase que creen la original del libro en cuestión.

El recuerdo tiene que ver con que, un día, allá por 1986 o 1987, estábamos jugando a este juego un grupo de amigos, seríamos unos ocho o nueve. Alguien eligió una frase, y dictó las iniciales de las palabras: TDUPCSEC. Andá a saber qué carajos decía la frase original. Ni siquiera me acuerdo de cuál era el libro elegido. Sólo recuerdo la frase que inventó Gusti: Te Dejé Un Pescado Con Salsa En Casa.

¿Por qué carajos recuerdo esa frase ridícula? Tal vez, por la simetría perfecta de las palabras. Tal vez, por la gracia de haber creado una frase redondita y lógica con las ocho iniciales, desde el "Te" inicial al punto final. Tal vez, porque la frase lo pinta a Gusti de cuerpo entero (alguien, tras la lectura en voz alta de la frase, gritó "¡Eso lo escribió Gusti!")

No se sabe por qué ciertos recuerdos nos atacan por la espalda. Pero esa frase, como tantas otras cosas que a veces recuerdo sin un motivo entendible, me acecha cada tanto, al abrir una lata de conservas o al putear por un estornudo perdido.