miércoles, 27 de septiembre de 2017

lifesavers

I'm thankful for poetry

the poetry I think I can write
and most certainly the poetry that finds its way to reach me
and that I let in

lunes, 5 de junio de 2017

Sueño de la madrugada del lunes 5 de junio de 2017

Natasha y yo habíamos ido a la casa de sus padres en Buenos Aires. Ella estaba de visita, para presentar su película “The eighteen” y hablamos durante un rato acerca de su vida en España e Inglaterra. Miró una pieza de cerámica hecha por xxxxxx y se rió internamente un poco. Era clarísimo que la pieza (un plato con irregularidades y algo insulso) le provocaba desdén.

En un momento, Natasha salió y me quedé sola junto a una biblioteca imponente. Tomé un libro al azar y parecía ser de Borges (después resultó ser de la colección “Jorge Luis Borges - Biblioteca Personal”. Eran obras seleccionadas por el autor). Me di cuenta de que no eran libros de Borges porque uno de ellos contenía “Continuidad de los parques” que bien se sabe que es de Julio Cortázar (si bien el libro exhibía el título “Ficciones” en el lomo). Me conmovió pensar que Borges no sólo leía a Cortázar sino que lo había incluido en esa colección que seleccionó y curó para su venta. No recuerdo cuál era el otro libro, así que diremos que era de Joseph Conrad, que es perfectamente posible. Los libros eran pequeños y finos, y las tapas eran de un azul turquesa brillante y cuando desperté, entendí que serían parte de una edición especial (tal vez autografiada por JLB o de alguna manera única).

Escribí unos versos (que creí excelentes, o que me llevarían a algo excelente) en la primera página de cada uno de los tomos. Yo seguía sola en la habitación y para entonces escuchaba las voces de Natasha y de otras personas que habían regresado al departamento y seguramente vendrían pronto a donde yo me encontraba (a esa altura, podría esgrimir que me había quedado dormida y por eso no salía, pese a que las voces se oían claramente a través de la puerta, aunque no se podían discernir las palabras que pronunciaban. Natasha hablaba con un hombre joven).

Me encontraba ante la duda de devolver los libros a su estante original (cosa que inicialmente hice) o llevármelos. Finalmente los retiré otra vez y los puse dentro de un sobre Manila que tenía en el piso, con negativos, papeles y las llaves de mi auto, sabiendo que los estaba robando, pero que si hay una sola cosa digna de robar en este mundo, precisamente, se trata de libros.

Pensé, antes de despertar, que viviría obsesionada por la culpa de habérmelos llevado. El mayor castigo, sin embargo, llegó con la vigilia. No recuerdo ni una palabra de los versos que escribí en esos libros robados.

viernes, 20 de enero de 2017

in the end

in the end
all we have left is poetry


miércoles, 11 de enero de 2017

Brecht

La cuerda cortada

La cuerda cortada puede volver a anudarse,
vuelve a aguantar, pero
está cortada.
Quizá volvamos a tropezar, pero allí
donde me abandonaste no
volverás a encontrarme.
--Bertolt Brecht

sábado, 17 de diciembre de 2016

miércoles, 7 de diciembre de 2016

lunes, 28 de noviembre de 2016

lives

I could spend hours on end
working in the darkroom
developing negatives and
mostly
printing
enlarging my images

they had this quality that made them foreign to me
once I graduated from the contact proof sheet
and enlarged them
as if giving birth to them
they started to have their own life
I had to take care of them until
they grew up and abandoned me
they started their flight while swimming in the wash after the fixer
and kept on flying while drying stuck on the grey tiles

my darkroom days are over now
I'm a translator
a passionate, articulate, all-over-the-place-masters-degree-in-hand translator
and I just can't make myself stay sitting down for a long time
transposing images of images into other images
of other languages

my translations don't abandon me though
they live in me
through me
within every atom in my being
like the heaviest burden
they cumulate
and they could really form a high-above ladder, the motherfuckers
but they don't, of course they don't

I miss the lightness of getting rid of things through photography
translation buries me deeper into the ground

martes, 2 de febrero de 2016

fragmentos cuasi-rescatables de poemas otherwise inútiles

había una vez un hombre
imposible
imprevisible
innombrable
inconmensurable
incomparable

* * *

iba a necesitar muchos idiomas
demasiados
para entender lo que nadie le decía

* * *

metrópolis mariposa

* * *

noche en la que quiero
estar en otra noche

* * *

en medio de la loba selva
en medio de la nada transparente

domingo, 31 de enero de 2016

pedido

que alguien me explique el sentido de la vastedad del mundo
porque hoy yo no lo entiendo

domingo, 3 de enero de 2016

"... y de piedras imanes que enloquecen la brújula..."

todavía reverberan en mi cuerpo y en esos escasos milímetros que rodean mi cuerpo
los abrazos el calor las horas de la madrugada las carcajadas colectivas
el olor de tantas cosas que sigue intacto y esperando que abra la cajita que lo contiene
para sentirlo una vez más

me llevo conmigo todo eso
más la hora mágica entre Moreno y Alsina y la frustración por lo imposible
las ganas de quedarme y olvidar el mundo después de 2002 y antes de 2015
y la certeza de que a vos voy a volver algún día para entregarme
y aceptarte así como sos como siempre fuiste
como siempre voy a quererte

qué perdida estaba que no entendía que te tenía
y ahora que lo sé
tiene sentido posponer un poquito más lo inevitable

viernes, 4 de diciembre de 2015

untitled

hay momentos en los que lo único que me salva es la poesía

domingo, 8 de noviembre de 2015

and yet another one for you

a poem that I wrote yesterday night
but that will never see the light here

and then I discover that
someone had written this other poem
with so much more
poetry and musicality

and with the same love nonetheless

published in 1920
many
so many years ago

a poet who lived and died
before I was even born
before I was even the remotest
idea
in any of my grandparents' dreams

this is what I'm sharing
until you ask me otherwise

Altitude

Lola Ridge
I wonder
how it would be here with you,
where the wind
that has shaken off its dust in low valleys
touches one cleanly,
as with a new-washed hand,
and pain
is as the remote hunger of droning things,
and anger
but a little silence
sinking into the great silence.

martes, 29 de septiembre de 2015

de realidades y realidades

cartas-jeroglíficos de amor
recuerdos-imágenes de anteanoche y tantas otras noches
canciones-almas que nunca oí pero adivino

¡no me digan que no puedo sentir!
¡no me digan que esto que siento no es real-no existe!

y sin embargo
extraño la tercera dimensión
y el roce que nunca tuve
contra una piel tu piel
olores que inventa mi mente tu olor
un sonido al oído tu voz
(que sólo me llega modulada a través de tecnologías
fuera de mi control)

fuera de mi control
también
saber
cuándo este sueño por fin dejará de ser un sueño

miércoles, 23 de septiembre de 2015

y en donde te estoy esperando

es ese sitio indefinido
inconcebible
fuera de toda realidad

no hay coordenadas
no hay
ni un acá ni un allá ni ninguna posibilidad de que sea
cierto

y ahí estoy
yo ahora
y ahí estás vos

y ni estoy en el norte
ni vos tampoco estás en el Sur
estoy estás ahí
estamos
en ese lugar imposible

algunos lo confunden con la Luna
pero en realidad queda todavía más lejos
y ni siquiera se pueden apoyar los pies
porque nadie
termina nunca de aterrizar

es como un sueño
malparido
bienhadado

es ese perfecto lugar en donde nos abrazamos sin tocarnos
cada vez que se juntan
descaradas
nuestras palabras

domingo, 13 de septiembre de 2015

hoy

oler los granos del café

admirar
la nueva tonalidad amarilla
apenas
apenas
más encendida que la anterior
de las paredes exteriores de la casa
y los bordes blancos en lugar de verdes
que le dan más luz

descubrir que la plantita de salvia
creció un centímetro y medio
como mi cabello en tres meses

disfrutar
de los pequeños placeres que me da la vida
ya que los otros
los grandes
esos del acompañamiento y la felicidad
me están vedados

lunes, 7 de septiembre de 2015

de mil y otras mil imágenes, ésta

en la cima de eso
que algunos llaman vida y otros pasaje
busco
el límite entre los árboles y la montaña
dónde terminan unos y dónde empieza la otra

hay un hueco
que no es un hueco es un punto
de unión y separación

un algoritmo vivo
está ahí y lo veo
está ahí y no lo veo

trato de no pensar
mientras miro
busco el Sur
para poder tenerte y decirte todas estas cosas todas juntas

domingo, 30 de agosto de 2015

poema número uno

juntémonos, amor
juntémonos jurando-
nos amor eterno
con estas dulces cajitas siliconadas
a las que llamamos inteligentes

te digo me decís
te digo más
te digo todo lo que quiero oír de vos
y vos
me llenás de tu sexo con tus letras
redondas y perfectas

nos amamos, sí

¿y cómo vamos a hacer para que
esto
no se transforme en
nuestros anteriores fracasos?

¿cómo hacer para que
esto
sea
diferente?

dame
las buenas noches
una vez más, amor
decime
una vez más
decime
que me querés que soy que yo que vos que todo
que esto
es diferente y que
todas las canciones te recuerdan a mí

sábado, 6 de junio de 2015

Declaración

Me pasa algo terrible y es que me gustás. Me gustás y mucho y quisiera que no fuera así, porque me gustás y estás lejos, y yo acá, en el país en el que todo es fácil, excepto extrañarte a vos y a todo lo que te rodea. ¿Y acaso tengo derecho a extrañarte? Ni siquiera sé si te conozco ya. Llevo en el bolsillo unas fotos electrónicas que te robé y las miro para tratar de convencerme de que no, pero no puedo, porque cada vez que miro una foto tuya vuelvo a entender que me gustás.

Me gustás y no sé si te gusto, pero igual me gustás, ¿qué importa? Me gustás con tus ojos que ven todo y me dicen muchas cosas, y yo creo que me dicen más de lo que seguramente me dicen, o me imagino que me lo dicen, de todos modos. Me gustás, con tu boca que cuenta todo lo que de repente quiero oír, pero que no dice que te gusto como vos me gustás a mí. Trato de recordar tus palabras una y otra vez, para convencerme de que dijiste algo que lo pone en evidencia, que deja clarísimo que te gusto tanto como vos me gustás a mí.

Me gustás con tu pasado que comparto y a la vez desconozco, esta cosa de haber tenido tanta familiaridad y sin embargo ser dos perfectos extraños, dos mundos paralelos a los que quiero encontrarles la vuelta para que se toquen al menos, para que se sientan mutuamente, aunque sea por un segundo.

Sí, me gustás. No sé cómo no me di cuenta antes, pero me gustás, y me gustás horrores. Y no sé qué hacer con esto, no sé a quién decírselo, o no decírselo, o decírselo en clave, para que no me dé vergüenza, como si fuera otra vez una nena pavota y asustada, lejos de casa.

Me pasa algo terrible y es que me gustás, Buenos Aires. Me gustás demasiado, y no quiero que resulte un amor imposible.

martes, 26 de agosto de 2014

Yiddishe Mame Reloaded

Es gracioso que justo en la época de mi vida en que más disfruto de estar con mis hijas es cuando escucho a muchos amigos decir (o escribir) cosas como "cuando empiezan las clases, son las vacaciones de los padres" o "ahora a disfrutar, que los chicos van a estar en la escuela". Sin ir más lejos, una nueva publicidad televisiva de la tienda "Target" se hace eco de ese mito, que seguramente es realidad para otra pobre gente, pero que en mi caso es hasta ofensivo. Porque a medida que mis hijas fueron creciendo e independizándose más y más, es un verdadero placer compartir tiempo con ellas, sobre todo porque las veo semana de por medio, y porque ya voy sintiendo que el tiempo corre demasiado rápidamente y no quiero perderme nada. Estas vacaciones de verano fueron muy especiales, porque las llevé a lugares que yo disfruté mucho de chica con mis padres, y que ahora pude disfrutar junto con ellas, llenándonos de fotos, recuerdos y anécdotas inolvidables. El inicio de clases se sintió casi, casi como si se me hubieran acabado a mí las vacaciones: vacaciones de no tener horarios que cumplir con ellas, de dejarlas dormir hasta tarde, de no tener que verificar que tienen todo listo para el día siguiente, de programar sus clases de danza en mi agenda, de anticipar eventos escolares de todo tipo.

Ayer fue el primer día de clases en el distrito escolar en el que asisten a clases Vera y Matilda, y hoy la más chica (sí, la misma del rosario del Papa Francisco) no sólo fue en bici sola a la escuela por primera vez, sino que además se quedó sola en casa a la mañana (con despertador programado anoche y verificado tres veces por su madre), porque yo tenía una cita de trabajo muy temprano, e iba a tener que arreglarse sola (su hermana mayor salía para su escuela secundaria en bici prácticamente al mismo tiempo que yo en el coche para mi cita laboral).

Así que anoche hicimos toda la logística para que hoy por la mañana fuera un éxito: Matilda se hizo una lista de todas las cosas que tenía que hacer, y/o llevar a la escuela, la pegó en el espejo del baño para no olvidarse de verla, y yo le dije que la iba a llamar a las 7:55 (porque mi reunión empezaba a las 8:00) y que estuviera atenta al teléfono (de hecho, el primer ítem de su lista era "estar atenta al teléfono"). También le dije que por favor, si se acordaba, me enviara un mensaje de texto una vez que hubiera llegado a la escuela, así yo podía quedarme tranquila. Me dijo, con total honestidad y con un 100% de certeza, que muy probablemente se olvidaría de hacerlo.

Con lo cual, cuando terminó mi reunión en la loma del orto, y al no ver su mensaje de texto en mi teléfono, decidí que a la vuelta iba a pasar por su escuela, aunque sin intenciones de entrar y hacerle pasar el ridículo, sino para ver si su bici estaba en el patio del colegio. Muchas variables entraban en juego: hay dos lugares para dejar las bicis, y como ayer (que fuimos ambas en bici) la dejó en uno de los lugares, yo me jugaba a que iba a dejarla en el mismo lugar. Otra variable era que hubieran demasiadas bicis y no pudiera encontrar la de ella a simple vista (mi plan era pasar despacito con el coche, cual mafiosa y mirar por la ventanilla, sin estacionar o bajarme). No quise pensar en las otras variables, como se podrán imaginar.

Pero por supuesto, su bici estaba ahí, fácil de reconocer entre las pocas bicis enganchadas en el mismo portabicicletas de ayer, y raudamente pegué la vuelta y me dirigí a casa. La sonrisa en mi cara debió despistar a los conductores de los otros coches que se me cruzaban, y me saludaban a la vez con una sonrisa, como si me conocieran. Pero no sabían que en realidad me reía de mí misma, imaginándome cómo se van a burlar de mí mis hijas cuando les cuente lo que hice. También me reía al recordar que cuando Vera fue por primera vez sola en bici a la escuela, Miguel y yo la seguimos con el coche sin que se diera cuenta. Y sobre todo, me reía de la publicidad de Target, que sólo puedo clasificar, a esta altura, dentro del género de Ciencia Ficción.

lunes, 23 de junio de 2014

Astronauta

Termina de hacer las compras y va para la caja. La cuenta mental fue menos de lo que resultó el total, pero no le importa. Se ríe. De pronto, siente hambre. Acaba de darse cuenta de que se olvidó de almorzar. ¡Nunca se olvida de almorzar! Piensa que va a reservarse una de las canastitas de tomates cherry para comer en el auto mientras maneje de vuelta, y le pide a la empleada encargada de embolsar la compra que por favor se la separe. Paga y sale empujando el carrito, que está a tope, aunque ella se sienta tan ligera. Pareciera que vuela. Pero interrumpe su andar, porque escucha que alguien la llama por su nombre, a los gritos. Es una voz de mujer. ¿Habrá pasado al lado de alguna conocida y no la vio? No sería nada raro, porque Boise es una ciudad bastante chica, y las probabilidades de encontrarse con un conocido son altas. Se da vuelta, y tras unos instantes reconoce a la empleada que le embolsó las cosas, que viene caminando rápido con algo en la mano. Le pregunta si es de ella. Es la tarjeta de asociada del supermercado (sin la cual, no podría haber hecho la compra) que se la había dejado olvidada en la caja, y la empleada también esgrime un sundae, prácticamente intacto. Reconoce la tarjeta como propia, la agarra y la mete en su bolso. Pero el sundae no es de ella, aclara. Le agradece a la empleada, y sigue su camino hacia el coche. Otro empleado del supermercado, que acaba de presenciar la escena, le pregunta, "¿Acabás de rechazar un helado gratis?" entre incrédulo y socarrón. "Sí", le responde ella, incrédula también, "no me hagas acordar". No ve la hora de que den las seis y media de la tarde. Se mete en el coche y se olvida de comer los tomates cherry. No hay dudas. Está en la Luna.


lunes, 10 de febrero de 2014

here is my castaway bottle

when I fall I fall
deeplymadlycompletely
and then some more
I fall like Alice down
into the rabbit's hole of
not knowing if the other one is feeling the same way I do

and it is my leap of faith

I let myself fall
I enjoy the adrenaline of the plunge
plummeting down into the void

I pass along the many times
that this has happened to me before
thinking
this time it's different this time it's
real
this
is
it

knowing and not knowing
the chain of events that will follow
suit: the happiness the denial the unhappiness

jueves, 30 de enero de 2014

coming home from a non important place

I never knew that darkness
could be so light and full of desire
leaving in the middle of the night driving in a state of a just-sobered up drunk
who is slapped on the face by fear

dark streets only illuminated by the constant smog
the loneliness
sorrowed and beautiful landscape of
nothing

I search for something dark
something to fill that lust-like feeling of boredom
of self-built shame
and the emptiness of what I find
contents me
as if I didn't need anything else
but myself


martes, 19 de noviembre de 2013

para vos que no vas a leerme nunca

tengo ganas de
ir a algún lado no sé a dónde y
que aparezcas de repente en silencio con tu sonrisa infame y tu cara de no sé nada pero sé todo y
me mires y te mire y nos miremos y no nos digamos nada y
después te vayas y yo me quede sola pensando en vos y en tu silencio y en tu sonrisa eterna que habrá quedado
      flotando en el aire y
que todo no haya sido un sueño como el sueño de esto mismo que tuve anoche

jueves, 29 de agosto de 2013

flâneuse

caminar en mi ciudad sí ya puedo darme el gusto de llamar a Boise
mi ciudad
sin que se me mueva un pelo sin siquiera pensarlo dos veces caminar como turista a paso lento perderme con la tranquilidad que da el saber que mi coche cual traje de superhéroe me espera en el estacionamiento en el que lo dejé antes de almorzar con mi amigo y en el que voy a terminar mi recorrida solitaria en algún momento pero no sé bien cuándo llegará ese momento sólo caminar

caminar dejarme llevar por la dispersa multitud que cruza la avenida y oler el aire que me llega de la gente al pasar a mi lado caminar caminar

caminar por mi cuadra favorita de la calle Ocho justo entre Myrtle y Front la calle Ocho que es la única peatonal del centro y pensar
a esta calle le falta un banco para sentarse
y enseguida darme cuenta de que acabo de pasar el único banco ocupado por dos tipos que acaparan toda la superficie y volumen y saber que no voy a pedirles permiso para sentarme con ellos aunque muy bien me lo darían porque estamos en Boise y casi todos
son o somos muy amables pero seguir caminando y soñar con que algún día podrían poner un segundo o tercer banco en esta calle tan gentil conmigo esta calle con su sombra con sus hojas tempranas del otoño que está a la vuelta de la esquina con su brisa que me invade me conmueve caminar

caminar y pasar por encima de la fuente al ras del piso que ahora está apagada y pensar qué gracioso sería que se encendiera justo en este momento y me empapara aunque no hace demasiado calor pero que igual me empapara y me pegara la ropa al cuerpo y me dejara desnuda y vestida para caminar

caminar caminar caminar sin rumbo aunque en mi cabeza está el mapa de mi ciudad que más que un mapa en mi cabeza en realidad está incrustado en bajorrelieve contra mi piel y saber en dónde estoy
sé en dónde estoy
y caminar y doblar la esquina en la calle Idaho y saber
saber que voy a pasar por la puerta de mi adorada tienda de ropa
y saber que voy a seguir de largo y no voy a entrar a probarme todo y no llevarme nada no voy a entrar
no
es caminar

caminar buscar un café como el bebedor que busca una copa y pensar que tal vez esta vez sí voy a sentarme y tomarme un único café como una única copa
porque va a ser sólo uno
o mejor un descafeínado
y no
seguir de largo pasar de largo el café y no llegar tampoco hasta el otro café que es tal vez mi lugar favorito pero en el que ahora tomo té y ya no café pero no ir ahí tampoco seguir seguir seguir deambulando como sin saber hacia dónde pero sí sé hacia donde caminar

seguir y dar vuelta la esquina en esa calle y ver a un tipo igual a Marcos Aguinis pero obviamente no es no puede ser Aguinis acá en Boise sería tan loco y tal vez resulta que sí es Aguinis y no sé si me hubiese cambiado mucho la vida el que lo fuera y seguir

seguir y entender que llevo un ritmo único es como bailar un vals conmigo misma porque es llegar a cada esquina y el semáforo cambia y puedo cruzar hacia donde voy porque sé muy bien a dónde voy

voy a ese lugar al que me lleva el camino

martes, 27 de agosto de 2013

Brujerías de la mente

Las brujas fueron una parte fundacional de mi infancia, y una de las brujas que más recuerdo (aparte de la que se me aparecía recurrentemente en mis sueños) es la Bruja Mala del Este. La primera vez que vi la película "El mago de Oz", con Judy Garland, tendría unos seis o siete años. Tras la cruda (e indudablemente prolongada) experiencia fílmica, sólo podía recordar a la bruja muerta, aplastada por una casa. De hecho, todo lo que se ve de esa bruja en la película son los zapatos rojos y las medias rayadas. Un escalofrío horroroso me recorría todo el cuerpo al recordar esos pies que se esfumaban, y la inexplicable y repentina aparición de los zapatos de la bruja en los pies de Dorothy.

Jamás olvidé esa escena, probablemente la única de todo el largometraje que quedó grabada en mi memoria, hasta que muchos años después, en Iowa City, Vera se enamoró de la película y la vio (y me obligó a verla) unas ciento cuarenta veces, por hacer un cálculo conservador. Fue así que me reencontré con la escena en cuestión, y recordé, tanto tiempo más tarde, mi sensación de náusea, de angustia, de terror liso y llano, al observar, cada vez, el encogimiento y desaparición de los pies de la Bruja Mala del Este, aplastada por la casa, y la aparición de los zapatos rojos en los pies de Dorothy. Pero ese terror ya no estaba; era sólo el recuerdo de algo que había sido indudablemente real, pero que ahora le pertenecía al pasado.

Hoy me pregunto cómo el tiempo cambia, embellece, apacigua aquello que nos aterra, hasta llegar a hacer que parezca hermoso, artístico, absolutamente perfecto.

sábado, 24 de agosto de 2013

Tres

¿No se suponía que todos los días tendría que sentirme un poco mejor?

viernes, 23 de agosto de 2013

insomne

última noche en mi cama vieja
algo
me impide acostarme y dormir
por más que son las doce de la noche y etcétera etcétera

es la última vez
que voy a dormir en esta cama
que quema
llena de recuerdos mezclados
incoherentes
inevitablemente pasados

y tal vez sea que no puedo meterme debajo de las sábanas
y pienso que podría
pasar toda la noche despierta y
lograr que anoche haya sido
esa última noche
en este colchón que me lastima

martes, 13 de agosto de 2013

Tormentas tropicales de verano

Despertarse en mitad de la noche porque cae un rayo muy cerca de tu casa es una experiencia que no les recomiendo. Como últimamente duermo como un tronco, la sensación es de que volvió la guerra fría y la Unión Soviética decidió, en un arranque de "les vamos a enseñar lo que es bueno a estos yanquis", bombardear el ignoto estado de Idaho. Pero unos pocos instantes despierta tras el sacudón alcanzan para entender que sólo se trató de la madre naturaleza que, por el volumen del sonido, acaba de enviar un mensaje muy cerca de mi casa.

Uno de los métodos que alguna vez me contaron que sirve para saber a qué distancia cayó el rayo es calcular los segundos (como si tal cosa se pudiera hacer sin un segundero) entre el relámpago y el trueno. Espero en la cama pacientemente, y enseguida veo la luz. Cuento en silencio, "Uno, dos, tres..." y antes de que me acuerde que al tres le sigue el cuatro, escucho el bramido. Si no recuerdo mal, eso significa que el rayo impactó a eso de unos tres kilómetros de donde yo estoy. Decido salir al jardín, para cerrar la sombrilla que cubre la mesa y acostarla en el piso, no sea cuestión de que termine siendo un improvisado pararrayos. Aunque, ¿cuál es la probabilidad de que caiga un rayo dos veces en el mismo lugar? Casi, casi como ganar la lotería dos veces. Medio raro, sí, pero existen eventos comprobados.

Una vecina una vez me contó que, muchos años antes de que yo me mudara al barrio, cayó un rayo sobre mi casa, y que por eso muchos pensaban que estaba embrujada, o jodida de alguna manera. El dueño anterior me contó también que él y su esposa habían intentado, sin éxito, plantar un árbol, no una sino dos veces en el jardín del frente de la casa, y ambas veces el resultado fue nefasto, con la muerte de sendos árboles poco tiempo después del trasplante. Cuando salgo al jardín a cerrar la sombrilla para no emular a Benjamín Franklin, pienso en los dos árboles que no pudieron ser, y me pregunto si será posible plantar alguna vez un tercero, o si no será mejor admirar el milagro de que simplemente el pasto pueda seguir creciendo tras saber que alguna vez impactó un rayo en este mismísimo lugar. Debería conformarme con tener todos los árboles que tengo en el fondo de la casa.

Pero como no soy un bicho conformista, y como lo que me guía es el optimismo, pienso que tal vez, y a pesar de los fracasos de la historia, algún día valdrá la pena plantar un tercer árbol. Incluso si llega a fenecer nuevamente, valdrá la pena haberlo intentado.

Justo antes de volver a entrar a la casa tras cerrar la sombrilla, veo otro relámpago que ilumina el jardín y me lo muestra en todo su esplendor durante unos brevísimos instantes. Cuento, "Uno, dos, tres..." hasta diez. El relámpago siguiente me hace llegar hasta veinte o más en mi cuenta. La tormenta se aleja. Es difícil saber si la calma me tranquiliza o me entristece. Pero que no haya caído un rayo sobre mi casa me hace sentir eternamente agradecida. No olvidemos que, después de todo, hoy es martes 13.

domingo, 11 de agosto de 2013

Claridades que se dibujan nítidamente en la silueta del humo de un cigarrillo

Freno en un semáforo, y veo que la señora al volante del Pontiac rojo que está a mi derecha tiene un cigarrillo encendido, que le cuelga entre los dedos índice y medio de su mano izquierda. En un acto reflejo, cierro rápidamente las ventanillas, que están abiertas a medias, antes de que el humo inunde el pequeño universo que ocupo con mis hijas en mi coche. Vera, a mi derecha (sí, hace rato que viaja en el asiento del copiloto), se sobresalta levemente, pero me conoce desde hace más de catorce años. Es mirar hacia afuera y entender enseguida el porqué de mi accionar. Sin necesidad de ser redundante, sólo dice, "Además, no tiene espejito". Noto entonces que, efectivamente, su espejo retrovisor lateral sólo es una carcasa sin relleno. "Con lo que gasta en tres paquetes de cigarrillos, seguramente podría comprarse un espejito nuevo", pienso en voz alta. "Pero todos tenemos prioridades distintas". Y entonces me doy cuenta de que no estoy hablando de la señora al volante del Pontiac rojo que está a la derecha, cuyas prioridades, francamente, me son indiferentes. Estoy hablando de otra persona.

Cuando llegó a mi vida, hace dos años y medio, yo sabía que él fumaba, pero me había dicho que estaba tratando dejar. Siempre un continuo, un gerundio: tratando, intentando, probando, luchando. La frase que usó, sin embargo, y que me conmovió, fue algo así como que  se había dicho a sí mismo que iba a dejar de fumar el día que tuviera a quien darle un beso de buenas noches. Pero las noches pasaron,  los besos se hicieron cada vez más esporádicos, y el cigarrillo siguió estando siempre presente. Casi como un recordatorio ardiente y mudo de lo que no pudo ser, de lo que jamás será. El cigarrillo es, en cierto modo, una causa lateral pero inevitable. El cigarrillo es el símbolo de la falta de compromiso, y de la falta de interés en un futuro juntos. Cigarrillo equivale a enfermedad y muerte en mi cabeza. Y hay ciertos tipos de muerte que ocurren incluso antes que la desaparición física. Entonces sé que cuando hablo de la tipa del Pontiac rojo, en realidad estoy hablando de él, y que su espejo retrovisor es mi beso de buenas noches. Irrelevante. Olvidable. Segunda prioridad (que es casi como decir prioridad de segunda). Su cigarrillo es el cigarrillo siempre encendido de alguien que, en mi vida, poco a poco se fue apagando.

El semáforo se pone verde. Salgo rápido, para poder pasar al Pontiac rojo y abrir las ventanillas. Las abro casi tan abruptamente como las cerré, pero esta vez las abro del todo. El viento inunda nuestro pequeño universo, revuelve las cabelleras, los papeles sueltos, las ganas de que este verano no termine nunca. Como todos los veranos, desde que me mudé a Boise, este es breve y tiene un final que se vislumbra en las noches más frescas y el comienzo incipiente de las clases. Y siempre está el verano próximo, claro, como expresión de deseo necesaria, para poder pasar el invierno que se me viene.



Acompaña Nerina Pallot, con "Cigarette"

miércoles, 1 de mayo de 2013

Geografías reales

Sabe que mientras el pueblo holandés la adora sin límites, en otro lugar, mucho más lejos, la palpan, la miden, le sacan el cuero. Desea que, algún día, dejen de juzgarla por los crímenes de su padre. Sabe que ese vestido azul la hace tan vieja como a la anterior reina. Sonríe, pero su sonrisa es distinta a la de Guillermo. En él, la sonrisa es sólo una parte más del porte y la formalidad de quien ha nacido y crecido así, y no conoce otra cosa. Ella, si bien no viene de una infancia humilde ni mucho menos, tuvo sin embargo que aprender todo ese yeite de la realeza muy rápidamente, y la sonrisa la delata. Siempre supo que su príncipe no será el príncipe azul de las películas de Disney, y ahora intuye que es reina en un mundo que, más por suerte que por desgracia, es muy diferente a esos mundos de fantasía. Pero en Argentina la miran, lo sabe, lo sabe muy bien. La miran y la juzgan, más por desgracia que por suerte, y trata de que no le importe, y lo logra bastante. Saca a relucir su belleza, que se ve un poco frustrada por esa ropa tan anticuada. Mientras tanto, en una esquina del público presente, Carlos y Camila sueñan con poder lograrlo antes de que su propio Guillermo los destrone en un anacronismo absurdo. Putean mentalmente a la reina Isabel II que, cual Highlander, no se muere más. Finalmente, en otro rincón del mundo, Carolina Luisa Margarita Grimaldi, princesa de Mónaco medita, mientras piensa en su madre y su esposo muertos, si realmente todo esto de la realeza valió la pena.

sábado, 30 de marzo de 2013

La reina de los gatos

El otro día conocí a la legendaria solterona excéntrica de los mil gatos. Esta era, sin lugar a dudas, la reina del arquetipo. La única diferencia era que esta señora estaba casada y había tenido hijos, pero fuera de ese detalle menor, era la caricatura hecha persona. Si hasta su cara lo decía a gritos, "¡gatos, gatos, gatos!", con sus anteojos en forma de ve corta, y su pelo oscuro y enrulado. Entramos a su casa, por motivos que no me interesa describir en este momento, y ahí estaban las seis criaturas, con sus cuatro patas y su cola obscena.

Credit: Neatorama.com
Matilda los vio, apenas cruzamos la puerta, y no pudo evitar exclamar "¡Seis gatos!" después de contarlos dos veces, para estar segura. La reina se deshizo en elogios felinos, describiendo lo que dio en llamar las "diferentes personalidades" de sus mininos, mientras los susodichos se daban por aludidos, o no, entre el sillón, la alfombra y el taburete del piano.

"Pero, ¿seis?" insistió Matilda. "Bueno, tenemos ocho más, pero están en otra parte de la casa", le contestó la reina gatuna. Tras lo cual se rió y le dijo que no, que era una broma, que sólo eran los seis que veíamos ahí en el living. Matilda pudo cerrar la mandíbula entonces, aunque sin saber muy bien por qué ya no tenía que mostrarse sorprendida.

Pero yo vi ese gesto fugaz, esa mirada casi imperceptible, que la reina intercambió
con su marido. Me parece que se llama "expresión de deseo".

jueves, 14 de marzo de 2013

Francisco I

el mundo (o eso que creemos que es el mundo) se detuvo ayer
esperando la noticia

y luego
¡el nuevo Papa es argentino! ¡el nuevo Papa es argentino!
gritaban cerca de mi casa

no tardaron en convertirlo
cual juego de soldaditos
en comodín para argumentos opuestos
y peleas perdidas sin siquiera haber comenzado

"para vos perra la tenés adentro"
"es una vergüenza genocida es el día más triste"
se gritan
sin darse cuenta de que son
gritos de sordos

y mientras unos ven a un santo salvador
y otros a un diablo cobarde
yo veo que hay gente que sigue y seguirá
muriéndose de hambre
sin que nada cambie

miércoles, 6 de marzo de 2013

Clase de música

Son las ocho de la noche y tuve un largo día que aún todavía no termina. A duras penas pude sacarme el maquillaje, después de una jornada que incluyó un largo experimento de química a la mañana, e interpretación para una delegación de San Luis Potosí, México, por la tarde. Cuando salgo de la cárcel, llamo a casa para asegurarme de que Vera llegó viva en bici, después voy buscar a Matilda a la escuela, la llevo a danza (no sin antes pasar por Powell's para comprar golosinas, es como la visita al quiosco), después vuelvo a casa a hacer la comida para Vera (Mike ya comió y hoy se acuesta temprano porque empieza muy temprano mañana), y dedico unos minutos a contestar un par de mails. Enseguida llega la hora de ir a buscar a Mati a danza. Volvemos, le preparo la cena, como algo yo (con los cuatro o cinco cafés del día no me alcanza), y le digo por enésima vez que termine de hacer los deberes. Después, mientras me lavo la cara, me doy cuenta de que Mike ya va a estar dormido cuando yo me acueste, porque antes de irme a dormir todavía tengo que terminar el experimento de la mañana que quedó inconcluso, tengo que empezar (por lo menos) a ver una película que tengo que tener vista para mañana a las doce del mediodía, y tengo que leer un artículo. Se me va la poca energía que me queda de sólo pensar en todo esto. También (¡cómo olvidarlo!) tengo que hacer una llamada telefónica antes de que se haga demasiado tarde, relacionada con la reunión que tengo el viernes, para saber si me recibo en mayo, tal como estaba previsto, o si todo este esfuerzo es en vano. Y tengo que seguir juntando documentación para la dichosa reunión, y pensar en la logística de mañana a la noche, en que mis hijas tienen que estar a la misma hora en lugares diferentes para sus entrenamientos de fútbol...

Todo esto está en mi cabeza, compactado, enmarañado, mezclado como esos mejunjes de plastilina de colores que empiezan poco a poco a tomar un tinte verdoso amarronado, mientras salgo de mi pieza, después de sacarme el maquillaje y decirle buenas noches a Mike, para bajar a la cocina a empezar con lo de química antes de ver la película. Pero me detengo en lo alto de la escalera. Escucho una vocecita (es casi inaudible, pero yo la escucho) que viene del baño. Es Matilda, cantando en la ducha. Me acerco a la puerta, casi sin darme cuenta de lo que hago. Mi mente se opone, pero mi cuerpo no le hace caso y va solito, como quien sabe lo que hace.

Me quedo parada y escucho cómo canta. Y entonces ya no soy yo. Soy una rata que sigue, ciega, al flautista de Hamelín. Soy Ulises, embelesado por el sonido divino de las sirenas. Soy testigo involuntaria de este momento casi perfecto, cuando mi hija canta en la ducha sin saber que estoy escuchándola del otro lado de la puerta. Apoyo la cabeza y cierro los ojos. Me dejo llevar por ese hilito de voz que canta una canción que no conozco, en un idioma que, cuando yo tenía su edad, me era mitad desconocido. Una canción que se repite una y otra y otra vez, como un mantra. Como una promesa. Mis ojos no se abren, la canción no termina nunca. Pero, ¿es una canción o es un sueño? Momento mágico que borra con un golpe sonoro todo lo demás. El mejunje alborotado de problemas, cosas pendientes y quilombos varios desapareció para siempre, aunque sea por un rato, mientras escucho esta canción que me acuna.

No hay caso. Todos los días aprendo algo nuevo. Hoy, tuve clase de música y aprendí que, a veces, ganamos tiempo cuando no nos importa estar perdiéndolo.

domingo, 5 de agosto de 2012

Cuento encontrado en el baúl de mis archivos de Dropbox

Aclaración: este es un cuento que escribí, según figura en el archivo en cuestión, el 26 de octubre de 2000, en Buenos Aires; lo publico hoy acá, con unos pocos cambios. Por algún arcano y/o ridículo motivo, en el original utilizaba el pretérito perfecto (absolutamente inverosímil si pensamos que esto es castellano argentino). También hice un agregado al final. El resto está prácticamente intacto en su versión original.

Güélcam tu de ferst "mate con güiski" oríyinal story.

~ .. ~ .. ~ .. ~ .. ~ .. ~ .. ~ .. ~ .. ~ .. ~ .. ~ .. ~ .. ~ .. ~ .. ~ .. ~ .. ~ .. ~ .. ~ .. ~ .. ~ .. ~ .. ~ .. ~ .. ~ .. ~

Agonía y muerte de un televisor en cuarenta días



Día Uno
Se descompuso el aparato de televisión. Cambiando los canales, se rompió no sé qué mecanismo, y sólo puedo hacerlo funcionar enchufándolo a la videocassettera. A través de ahí, puedo cambiar los canales con el control remoto, pero sólo hasta el cincuenta y nueve, después se vuelve indefectiblemente a cero (interesante: existe un canal cero en el aparato, pero nadie transmite por el canal cero) y comienza nuevamente la ronda.

Ahora estoy mirando "Crónica TV": hay un locutor en el ángulo inferior derecho de la pantalla y detrás de él se observa un paisaje nocturno del obelisco. No sé qué dice: bajé el volumen, porque creí escuchar el timbre del teléfono (que dejó de sonar), y no volví a subirlo.

Día Cuatro
El televisor funciona cada vez peor. El volumen sufre altísimos y bajísimos extremos, y no es posible regularlo para escuchar, digamos, decentemente, así que opté por dejarlo siempre bajo. Ahora tengo sintonizado el canal veintiocho, que se ve con una ligera bruma. Están pasando una película con Jeremy Irons, pero ya había empezado cuando la encontré, y no sé cuál es el título, porque no es posible obtener los datos de la programación. Es de cowboys.

Día Siete
Se rompió el control del volumen definitivamente, pero no sé cuándo pasó, dado que durante los últimos cuatro días no lo toqué. Acabo de intentar subirlo (estaba hablando el presidente por cadena nacional) y no logré escuchar ni una palabra de su discurso.

Ahora estoy viendo (sin sonido, claro) "Sábados Tropicales" en canal dos.

Día Ocho
Mientras estaba sintonizado un partido de la Eurocopa, se cortó la luz. Volvió a los cinco minutos, pero, cosa insólita, pueden verse todos los colores, excepto el rojo. Cambié de canal y en la pantalla de mi televisor (sin el rojo) ahora está "Fort Boyard".

Día Catorce
Maldito aparato. Ni el rojo, ni el naranja. Todo se parece a la caverna del Capitán Frío. Para ser coherentes, sintonizo "Batman Returns", con Michael Keaton, aunque creo que no es la del susodicho Capitán, pero me duermo a los diez minutos de comenzada la película, así que no logro enterarme.

Día Dieciséis
La decadencia de mi televisor sigue su curso. No logro hacer funcionar el control remoto de la videocassettera, así que tengo que cambiar de canal a mano, acercándome al aparato para poder hacer zapping. Me cansa estar agachada tanto rato, porque no encuentro nada interesante para ver. Debería comprar alguno de esos estantes que venden en el supermercado, que se atornillan a la pared, y colocar allí todo el aparataje.

En canal trece están pasando una película con Marcelo Marcote y Elvira Romei. No sé cómo se llama, y en realidad tampoco me interesa. Dado que no puedo oír lo que dicen, trato de imaginar un posible diálogo entre el personaje de Marcote con el de un tipo alto y pelado que parece ser su secuestrador o similar, pero sinceramente no se me ocurre nada. Cambio de canal: ahora miro el canal del tiempo.

Día Veinticuatro
Cuando parecía que nada podía empeorar, ocurre que ya no se puede cambiar de canal, ni siquiera desde la videocassettera. Mi televisor quedó eternamente sintonizado en un canal de publicidad de compras por tv. Lo interesante es que no recuerdo haber puesto este canal en los últimos veinte días. Se pueden ver avisos de joyas bendecidas por el Papa, todas azules y verdes; también está Eric Estrada, aceitunoso, vendiendo un producto para adelgazar; o bien podemos encontrar a un cocinero mostrando sus destrezas con aparatitos varios con los que hace ridículas flores de piel de tomates (hay que adivinar que son tomates, porque se ven verde-amarillentos).


Por primera vez en varios días apago la televisión antes de las once de la noche.

Día Treinta y uno
Opté por encender la televisión hace un rato, y ya no es posible apagarla. Tras varios intentos con el botón de encendido/apagado, debo resignarme a desenchufarla del tomacorriente. Antes de hacerlo, podía verse a una mujer haciendo abdominales con un aparato que parecía más bien un implemento para sexo sadomasoquista, todo ello con superposiciones intermitentes de imágenes de una mancha celeste con forma de sombrero.

Día Cuarenta
Un cortocircuito quemó el cable del enchufe y lo pegó, literalmente, a la pared. Mientras espero al electricista, puedo observar en la pantalla verdinegra a una mujer bastante fea (se ve que es fea, a pesar de todo) promocionando un laxante, mezclada de a ratos con lo que parece ser un dibujo animado japonés.

                                                                                     *   *   *

Tras la visita del técnico, el televisor está finalmente apagado para siempre. Ya no podrá reconectarse: el arreglo del cable causó una avería fatal en el aparato. Estoy pensando en comprarme uno nuevo esta misma tarde. No puedo vivir sin televisión.

sábado, 4 de agosto de 2012

Anti-versarios

Podríamos decir que se me pasó. Pero no. Si bien escribo esto cuatro días después, la fecha está clavada en mi memoria: 31 de julio. Ese día, hace diez años (qué manía que tenemos con los números redondos, carajo) abandonaba Ezeiza con pasaje de ida a Chicago, para volver a Buenos Aires solamente de visita. Desde hace diez años, el 31 de julio ¿celebro? (conmemoro, más bien) la partida.

No podría decir que es para siempre, pero es altamente improbable que regrese a vivir a Buenos Aires. Tras dos años transitorios en Iowa City, caí cual paracaidista (casi literalmente, tras una tormenta espantosa que por poco voltea el avión) en Boise, Idaho.

Si bien la mudanza de Iowa a Idaho comprometió menos desgaste emocional que el viaje anterior de Buenos Aires a Iowa City (no hubo familia ni amigos de quienes despedirse), fue sin embargo mucho más dura, porque fue comenzar a vislumbrar la cuasi certeza de que ya no volvería a vivir en Buenos Aires nunca más.

Tras un año de profunda depresión, en el que prácticamente me alimenté a base de Coca Cola dietética y lechuga con vinagre de frambuesas, logré encontrar mi norte (y el hambre), gracias a una serie de casualidades que no voy a repetir (y que pueden encontrar en esta publicación), y que me fueron llevando hacia el buen lugar en el que estoy en este momento.

Y este momento es otro momento de cambios, en el que decidí retomar mis estudios universitarios para recibirme, de una buena vez, de Licenciada en Letras (o de B.A. in Spanish, en su versión en inglés).

Si alguien me hubiera dicho, ese 31 de julio de 2002, que diez años más tarde me encontraría feliz, con mis dos hijas, ganándome la vida con mi sempiterna pasión por los idiomas, y en una casita amarilla con un jardín, me le habría reído en la cara. El 31 de julio de 2012, me río porque la realidad, cual noticia amarilla, supera a la ficción.

miércoles, 20 de junio de 2012

El vecino interior

Mis vecinos son gente macanuda. Algunos más que otros, pero en general no joden ni hacen ruidos molestos. Por eso me sorprendió cuando, hace unos cuantos días, empecé a sentir la vibración. Era como si a alguien le hubiese dado por usar un martillo neumático a altas horas de la noche. Y todas las noches lo mismo. La vibración no paraba nunca, aunque, a pesar de todo, lograba dormirme. No tardé mucho en darme cuenta de que no había ningún vecino psicópata intentando atravesar el núcleo terrestre con un martillo neumático desde su jardín. El zumbido molesto empezaba y terminaba en mi cuerpo. En mi oído izquierdo, para mayor precisión, y sólo podía sentirlo en momentos de silencio. La quietud de la noche era uno de esos raros momentos.

El terror de tener algún tipo de enfermedad o dolencia relacionada con los oídos me paralizó. Si no puedo oír, no puedo interpretar, y no podría seguir trabajando en lo que tanto me gusta y que con tanto esfuerzo conseguí. Decidí salir de mi parálisis y pedir hora con un otorrinolaringólogo. Hoy, finalmente, tras cambios de horarios, pude visitar al especialista. Pequeña digresión: es la segunda vez que un médico me cambia una hora porque tiene que asistir a un funeral; voy a empezar a creer que, o bien es verso, o bien no conviene ser amiga de médicos.

Al llegar a la clínica, me mandaron al tercer piso, a hacerme una audiometría. Un simpático joven me puso un pituto en el oído derecho, después en el izquierdo, y apretó unos botoncitos que hacían salir unos sonidos por el pendorchito en cuestión. Después me hizo pasar a una cabina y, tras ponerme los auriculares, mi tarea era repetir palabras que pasaban por mi oído derecho o izquierdo, y decir "sí" cada vez que oía un pitido. El diagnóstico: mi audición es perfecta. Respiré aliviada en el tercer piso. Tras terminar la dichosa audiometría, subí al cuarto piso a que me viera el otorrino, quien vio todo normal en mis oídos, nariz y garganta, y no pudo darme ningún motivo concreto de mi zumbido (excepto, claro, que yo aceptara que me seccionaran la oreja y me extirparan el oído para analizarlo). Con lo cual me fui tranquila, sin tratamiento ni medicación, pero con un gran signo de interrogación en la cabeza.

Sin embargo, mi intriga duró poco. Tras subir al coche, encendí la radio, y oí una vez más que esta noche comienza el solsticio de verano, y es el día más largo del año, y su puta madre. Y entonces todo empezó a aclararse.

En una escala del 1 al 10, ¿cuánto le duele el alma?
Hace tres años, exactamente, justo para el solsticio de verano, tuve una infección en el oído izquierdo. Fui a ver al otorrinolaringólogo, en la misma clínica a la que fui hoy (aunque el médico que me atendió fue otro), quien me diagnosticó otitis y me prohibió terminantemente irme de campamento el siguiente fin de semana, tal como tenía planeado. La fecha del campamento coincidía con el día del padre, y el lugar elegido (al que también iban otros amigos) era a 6.000 pies de altura, con un pronóstico de lluvia de 100%. Sí, 100%. El médico me dijo que si no me cuidaba los oídos, corría el riesgo de desarrollar otitis crónica y otros problemas similares. Además, tenía fiebre, ¡bingo! Cuando volví a mi casa y avisé cuál era mi condición, me encontré con el muro de hielo al que me había acostumbrado a enfrentarme durante esos casi veinte años de convivencia con mi ex marido. Que era el fin de semana del día del padre. Que cómo no iba a irme de campamento. Que no iba a arruinarle el día. Que él se iba igual, con mis hijas, me gustara o no. Y se fue. Y yo me quedé con mi tristeza, mi fiebre y mi dolor de oídos. Tuve todo un fin de semana que se me hizo largo para lo rápido que me resultó decidir lo que no había podido decidir en años. Y el domingo a la noche, a su regreso, le dije a Miguel que quería separarme.

El divorcio siguió rápidamente, y el inicio de una nueva vida que por momentos no fue nada fácil, pero que jamás me encontró arrepentida de una de las decisiones más importantes que recuerde haber tomado. Lo cierto es que, a veces, pareciera que no me hubiera divorciado nunca. El hecho de tener hijas en común hace y hará que tenga que lidiar con Miguel por el resto de mis días. Y mis días recientes tuvieron mucho de lo malo de tener un ex-marido. No me parece casual, entonces, que hayan aparecido zumbidos y ruidos raros. Sin embargo, el médico dice que no hay nada que temer: el 50% de los casos de zumbidos cesan con el tiempo, y el otro 50% permanecen zumbando, sin mayores complicaciones.

No me asusta la quietud de la noche. Mi vecino interior zumbará todo lo que quiera. Yo simplemente lo ignoro, pongo mi música favorita, y bailo, y bailo, y bailo hasta cansarlo y que se quede dormido.

domingo, 10 de junio de 2012

Recuerdos del presente

Cuando no me gusta el destino al que voy (la casa de mi ex marido, en este caso), elijo el camino que más me agrada. Voy por la ruta pintoresca que, aunque un poco más larga, es mucho más hermosa. Disfruto cada curva del camino irregular, dejo que me penetren los sonidos de los árboles, me dejo sobresaltar por los pájaros. Respiro la tierra seca que pide agua a gritos, el graznar de los patos inquietos, tal vez hambrientos (o aburridos, vaya a saberse); imagino, sin ver, el agua helada del río que corre más abajo, ajeno a mi viaje. El paisaje se transforma y me transforma; metamorfosis inesperada. No recorro la montaña: soy la montaña.

Tendemos a olvidarnos de que no se trata del destino, sino del viaje. El camino de vuelta se me hace demasiado corto. El sol cae y el volumen de los sonidos aumenta. Atravesada por el verde de la vegetación que parece haber crecido desmesuradamente durante estos pocos minutos que pasé en el sitio al que no quería ir, sé que disfruté cada milímetro recorrido hasta llegar al punto de máximo distanciamiento. Y ya estoy de vuelta en casa, como si nada hubiera ocurrido nunca.

Es abrir la puerta y darme cuenta de que jamás me despedí al irme de ahí. ¿Y qué? Tampoco nadie me dio la bienvenida cuando llegué.

martes, 29 de mayo de 2012

La fotógrafa que amaba y odiaba las fotos

La mejor y la peor parte de hacer orden es encontrar fotos viejas. Me encanta encontrar fotos de mis hijas cuando eran más chicas, y recordar en dónde estábamos cuando se sacaron esas fotos. Pero no me gusta encontrar fotos de mi ex marido, principalmente porque no sé qué hacer con algunas de ellas. Las fotos en las que aparece conmigo (que se cuentan con los dedos de una mano, y sobran dedos) son las más fáciles: van directo a la bolsa de la basura. Las fotos en las que está solo, con con sus amigos o con compañeros de la universidad no me resultan tan problemáticas tampoco; las pongo aparte para dárselas a él, o al basurero, según mis ganas. Pero las que me provocan conflicto son las fotos en las que aparecemos ambos con alguna de nuestras hijas, sobre todo aquellas fotos en las que aparecemos solamente con Matilda.

Siempre dije, tras separarme, que Matilda (la menor de mis hijas) nunca va a tener el recuerdo de haber visto a sus padres juntos y felices. A diferencia de Vera, que pudo ver, sin duda, a sus padres demostrándose cierto cariño, Matilda nació en una casa dividida. Y así vivió seis años, hasta que finalmente la división virtual se hizo tangible y se transformó en dos padres con dos casas y dos vidas circulando por carriles cada vez más separados.

Es por eso que, al encontrar fotos (que ni recordaba) en las que aparecemos los tres, con "cara de foto", se me hace el nudo en el estómago. Pero no tiene que ver con mis sentimientos actuales, que son muy claros y serenos. Mi vida tiene sentido nuevamente, al encararla en compañía de aquellos a quienes amo y respeto, y por los que me siento correspondida en igual medida. La duda cruel se me presenta en el momento de decidir qué hacer con estas fotos de una familia feliz que no era tal.

La mejor decisión a la que puedo llegar, si bien no es obvia, ni simple, es la única que me tranquiliza en cierta manera. Voy a guardar las fotos de la discordia en sobre cerrado, en la pieza de Matilda, para que algún día ella pueda verlas y decidir por si misma si lo que muestran es verdad o ficción. Pero a ella le pertenecen. Es algo que su padre y yo le debemos.

lunes, 28 de mayo de 2012

Pasame un táper que guardo la pizza que sobró

Tengo 43 años. Me considero una persona educada y escolarizada. El tratar con delincuentes de todas las clases sociales me enseña día a día, aún más, a poder detectar a distancia el tufillo de una estafa. Y, sin embargo, una de las estafas más grandes y mejor sistematizadas, que está perfectamente institucionalizada y que es 100% legal, es la que me resulta más difícil de evitar, cuando te pasan el catálogo después de darte el aburrido discurso. Me refiero a la famosa estructura piramidal, o venta directa, o (como me gusta llamarlo a mí) "sistema Tupperware de te-vendemos-mierda-a-precio-oro".

A pesar de haberme prometido a mí misma que jamás volvería a hacerlo, el jueves por la noche, accedí a concurrir a una de las famosas "fiestas" de venta directa. Aclaración que no justifica nada: la fiesta se hacía en casa de un amigo de Matilda, con lo cual se me presentó la excusa de "llevo a Matilda a jugar a lo de un amigo" que nubló un poco mi percepción de a qué iba yo realmente a este lugar.

"¡En los años 80, esto y la cadena de peluquerías
de Roberto Giordano van a ser furor!"
Lo que aquí se menciona como "fiesta" no es más que un eufemismo por "vamos a venderte algo y disfrazártelo de forma que creas que lo necesitás y querés comprarlo". Estas "fiestas" de venta directa no son más que la ejecución de un sistema piramidal que puede entenderse como estafa, en el que una 'representante' de la empresa en cuestión exhibe una serie de productos de su línea, mencionando las increíbles ventajas de dicho producto (que es sospechosamente similar a infinidad de productos de fácil y mucho más accesible adquisición en cualquier comercio) y entregando catálogos a las asistentes (mujeres, siempre mujeres) que sienten la presión social de comprar estos productos que no necesitan en lo más mínimo. ¿Por qué? Hay una dueña de casa (que no es la que vende, sino que es la "anfitriona" de la "fiesta") que se ve beneficiada con la venta de los productos. Es la anfitriona quien invitó a las asistentes, que son sus amigas o conocidas, y que sienten esta casi inevitable presión social por comprar para dejar contenta a su amiga. Sí, suena como una gran pelotudez, pero les juro que funciona. El que lo inventó no es ningún boludo. Las boludas son, lamentablemente, las mujeres que piensan que pueden ganarse la vida revendiendo estos productos, y subiendo en la escala imposible de la pirámide, con promesas de ganancias que nunca ocurren. Y las boludas somos también, por cierto, las que compramos los productos.

Mi primer tropiezo con el sistema piramidal fue, años atrás, en Argentina. Mi ex cuñada me había invitado a un evento de la firma Amway, y fue sólo pisar ese lugar para detectar el olor a estafa. No sé, tal vez en Argentina estas cosas me resultan mucho más obvias y menos disimuladas, porque a pesar de haber tenido 22 o 23 años en ese momento, pude darme cuenta de que era un engaño feroz, y pude sacarla a ella intacta y sin daños materiales que lamentar (la hora y media que perdimos escuchando a oradores entrenados para seducir a pobres chorlitos, sin embargo, es tiempo en mi vida que jamás recuperaré). O tal vez la estafa era más fácil de percibir, porque esta "fiesta" fue a nivel institucional: no era en la casa de nadie, sino en un edificio de oficinas, en donde funcionaba la tal Amway en cuestión. Es posible también que las estafas en Argentina todavía tengan mucho que aprender de países más desarrollados para poder ser más efectivas. Aunque no dudo de que muchos pobres incautos habrán caído en la trampa y todavía estarán endeudados por eso.

Ya en estos pagos yanquis, en el año 2004, me invitaron a una "fiesta" de Pampered Chef. Recién llegada a Boise, y sin conocer a nadie, acepté un poco a regañadientes ir a la casa de una compañera de trabajo de mi ex marido, más que nada para escaparme un poco de mi angustiante rutina de lavar, cocinar, cambiar pañales y desesperar por no poder trabajar. Terminé comprando varias cosas para la cocina que no necesitaba ni quería comprar, pero en ese momento me importó un pepino, porque tuve dos horas de paz y tranquilidad, sin llantos ni reclamos ni caca que limpiar.

"Y ahora, ¿en dónde carajos guardo toda esta merda?"
En el transcurso de los años siguientes, asistí a varias "fiestas" más: un par más de Pampered Chef, una de Mary Kay, y seguramente alguna más que ni recuerdo. Nada memorable, por lo visto, excepto por el hecho de que siempre, inevitablemente, terminé comprando cosas. Mi billetera salía más flaca y mi conciencia más gorda. Es tan común este sentimiento en este país que hasta tiene un nombre: "buyer's remorse" o el remordimiento del comprador. Jamás había oído hablar de tal cosa mientras vivía en Argentina.

Tras varias "fiestas" después de las cuales llegué a la conclusión de que hubiese preferido haber estado cambiando pañales con caca, me juré a mí misma que jamás de los jamases volvería a asistir a una. Ya no hay pañales ni rabietas infantiles, pero vale más mi tiempo malgastado en mirar el techo que escuchar la sarta de pavadas que es capaz de decir una mujer adoctrinada e ilusa, que piensa que va a poder ganarse la vida endeudando a las amigas de sus amigas.

Así y todo, y creyendo que lo tenía todo controlado, volví a caer en la trampa. Lo que es peor, no sólo fui a la fiesta, sino que terminé encargando una cartera (sí, era una venta de bolsos y carteras) que ni quería, ni necesitaba, ni estaba en mis planes. ¿Cómo pudo ocurrirme esto? Todavía no lo entiendo. Y repito: el que inventó esto sabía lo que hacía.

Dos días más tarde, mientras manejo, volviendo a casa tras una salida de amigas, paso por una esquina y percibo cómo un coche quiere meterse en la avenida por la que circulo y doblar antes de que yo pueda pasar (lo hace medio segundo más tarde, detrás de mí, y me pasa a una velocidad mucho más alta que la permitida). Es un BMW (¿será posible que siempre terminan siendo mis archinémesis estos benditos coches alemanes?) con el sombrerito de Pizza Hut adherido al techo. Me cuesta mucho creer que un empleado de Pizza Hut que hace el reparto maneje un BMW, pero ahí va, el muy salame, a mil por hora para que no se le enfríe la pizza, o para poder irse pronto a su casa, o porque le gusta la velocidad, vaya a saberse... Mi cabeza, sin embargo, elucubra otra teoría: ¿y si no se tratara de reparto de pizza, sino de alguna otra cosa? ¿Sustancias prohibidas, actividad gangsteril, prostitución a domicilio? Mi mitad aventurera (el otro hemisferio de mi cerebro, el polo opuesto al que se deja convencer de la venta de Tupper-mierda) siente la urgente tentación de seguir al BMW, cuando dobla a la derecha un par de calles más adelante. Tengo que decidirlo muy rápido. Si me paso, es difícil dar la vuelta, y voy a perder al posible conspirador disfrazado de repartidor de pizza... pero decido seguir derecho por mi avenida, e ignorar la posibilidad de morir quemada por una bala calibre 45. Rufus Wainwright aparece azarosamente en mi selección musical, con "Grey Gardens", que me acompaña durante el resto del trayecto a casa, y termina justo en el momento en que termino de estacionar el coche en el garage.
"Ma qué pizza ni ocho cuartos. Comprame mis
productos Avon o te meto en el baúl y sos boleta"

Cual película con varios escenarios posibles (referirse a "Corre, Lola, corre" para saber de qué estoy hablando), sé que el desenlace habría sido otro si hubiese seguido al BMW de Pizza Hut. También sé que esta tarde voy a llamar a Anna K, la representante de la venta piramidal de carteras, para decirle que cancelo mi pedido. El recibo dice que tengo tres días hábiles para hacerlo sin cargo. Al fin y al cabo, esto es Estados Unidos. Nadie me va a preguntar por qué lo hago, principalmente porque todos saben que la compra indiscriminada e impulsiva es parte de la cultura popular.

viernes, 27 de enero de 2012

rompecabezas imposible

es fácil adivinar la imagen final cuando faltan
algunas pocas piezas aquí y allá
pero ¿qué pasa
cuando sólo tenemos una, y ni siquiera hay
un marco que la contenga?

en el papel desechable al dorso de una calcomanía (mínima
diminuta enmienda de la fecha de vencimiento
que recibo junto con instrucciones para pegarla sobre
mi credencial profesional)
está escrita la siguiente frase

Y SÓLO SE EXTIENDE

tengo que adivinar el resto
completar la figura a partir de un sólo punto

hasta parece que fuera en otro idioma

o
quién sabe
es un mensaje secreto
y hay alguien que lo envía con un propósito
y hay alguien que conoce su sentido cuando lo recibe

y yo no soy ninguna de esas personas

sábado, 14 de enero de 2012

Quiero, quiero, quiero...

Me agarró algo así como una nostalgia localizada. Vi una foto y de repente me dieron unas ganas terribles de estar en Palermo o Colegiales, caminando por la vereda, respirando el olor inconfundible del verano porteño y permitiendo que la humedad se cuele por todos mis poros.

Si alguien anda por las inmediaciones, ¿no me haría el gran favor de hacerlo por mí?

Se agradece.

martes, 3 de enero de 2012

Now is the winter of our content

El invierno está siendo benigno y generoso por estas latitudes. Nada de nieve aún en el valle. Los esquiadores (los auténticos esquiadores, digo, no yo, esquiadora por conveniencia) están tristes porque todavía no abrió Bogus Basin, nuestro centro local de esquí. Yo, por mi parte, sigo soñando con la primavera (porque con un invierno blando no me alcanza), y trato de disfrutar de los días supuestamente cada vez más largos.

Mi reino por un ratito en la playa. Amigos en el hemisferio sur, no saben cómo los envidio...

PS: Las alusiones a Ricardo III se deben a que ayer vi La chica del adiós. Los que saben de qué estoy hablando, sabrán de qué estoy hablando.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

sueño recurrente

miro y busco
and it's always the same
mismas palabras que aparecen en mi mismo poema

y es un poema diferente cada día
y el poema es siempre el mismo

y cada día leo
clouds of other dreams

palabras
sólo palabras
que aparecen desaparecen aparecen
engulfed by the flames
como si estuviera ensayando mi propia muerte

martes, 6 de diciembre de 2011

My own private Idaho

¿Qué es lo que me provoca esa sensación de viaje, no sólo geográfico sino en el tiempo, cada vez que cruzo desde Idaho a Oregon, y viceversa? Muchas veces me planteo esa pregunta, porque cada vez que cruzo y veo los cartelitos de "Idaho les desea buen viaje" y "Bienvenidos a Oregon" (y los equivalentes a la vuelta), siento como si me estuviera yendo de viaje por un año a un lugar desconocido y hace mucho tiempo. Y cada vez que cruzo, en un sentido y en el otro, me hago la misma pregunta. ¿Qué hay en este cruce de frontera estatal que me hace viajar más allá del simple viaje en coche? Porque lo cierto es que estos viajes son de trabajo, en general involucran una visita a una cárcel o una prisión, y nunca incluyen una estadía nocturna.

"Beam me up, Scotty! I need to return from Oregon."
Image: Salvatore Vuono / FreeDigitalPhotos.net
Hoy me preguntaba lo mismo que tantas otras veces, al volver a ver el mentado "Bienvenidos a Idaho" cuando cruzaba de vuelta. Y ahí es donde la famosa "serendipity" de la que hablaba en otra publicación hizo su aparición una vez más, porque empezó a sonar por los parlantes del coche la canción "Better Days" de los Goo Goo Dolls, y encontré la respuesta. No es que me parezca que viajo en el tiempo: es la pura verdad. Esta vez, viajé seis años al pasado, a fines de 2005. Ese diciembre fue que decidí comprarle a Miguel un iPod nano de regalo de Navidad.

Para los que necesiten algún tipo de explicación, Miguel es mi ex-marido (la RAE dice que ahora se escribe "exmarido", todo junto, pero el guión en el medio le da más categoría de "ex", así que voy a mantener la vieja ortografía, y me cago un pelín en la RAE). En 2005, las cosas ya no andaban tan bien entre nosotros. Hacía cosa de año y medio que nos habíamos mudado a Boise, tras vivir dos años en Iowa City, y la mudanza me afectó al punto de dejarme un año deprimida y sin ganas de nada. Pero en 2005, otra obra de "serendipity" hizo que conociera a Laura, con quien estaba hablando un día en una plaza cuando se nos acercó Sandra, que escuchó nuestro castellano argentino, y cuya aparición en ese momento y en ese lugar cambió drásticamente (y para bien) el curso de mi vida. Es gracias a Sandra y a Laura que me animé a estudiar interpretación, y es gracias a esa serie de coincidencias que hoy me encuentro en donde me encuentro. Pero volviendo a diciembre de 2005, las cosas en mi matrimonio estaban mal, y se me ocurrió comprarle a Miguel un iPod de regalo, y ponerle algunas canciones antes de dárselo. Lo que no sabía yo es que a todo el país se le ocurre hacer compras de Navidad justo antes de Navidad (¡qué desconsiderados!), y había una especie de fiebre por la que no se conseguían iPods por ningún lado. Ya medio tarde, lo encargué por internet al sitio de apple, pero no llegó a tiempo (debería haber llegado el 24 de diciembre, pero llegó un par de días después), con lo cual tuve que entregarle mi regalo a destiempo, y no pude meterle por adelantado las canciones que quería. La única canción que recuerdo que me interesaba especialmente poner en ese iPod era "Better Days" de los Goo Goo Dolls. Precisamente, la canción que empezó a sonar hoy cuando volvía de Oregon a Idaho. Me acuerdo de que quería regalarle esa canción porque, claro, empieza con esta frase: "Y me preguntaste qué quiero este año, y voy a tratar de decirlo de buena manera y claramente: sólo la oportunidad de que, tal vez, tengamos días mejores". Eso era lo único que quería yo a fines de 2005: días mejores con Miguel. La canción habla de un amor un poco más amplio, humanitario, global. En mi caso, era absolutamente personal: era mi intento por salvar, una vez más, lo insalvable. No sería sino casi cuatro años después que ya no habría ganas de salvar nada, y que me decidiría de una vez por todas a vivir mi vida sin él.

Hoy, cuando entraba a Idaho, por ese portal espacio-temporal marcado por el cartel de bienvenida y la canción de los Goo Goo Dolls, tuve un instante de delirio, o ciencia ficción (¿Quién no los tiene? A mí me ocurren todo el tiempo), en el que me pregunté qué habría sentido si me hubiese acostado a dormir el 24 de diciembre de 2005, y me hubiese despertado en diciembre de 2011. Muchos se imaginarán en estado de shock, con seis años más de arrugas, algún lunar que antes no existía, y pánico al despertarse en una cama diferente, a solas, y con un piyama que no recordaban tener. Yo me imaginé que me habría despertado en Idaho, viviendo días mucho, mucho, mucho mejores que esos de 2005.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Sábado multicolor

El "Viernes Negro", que consiste en defenderse de hordas de consumidores salvajes, a horas infaustas de la madrugada y de la mañana del viernes posterior al Día de Acción de Gracias, para intentar obtener un descuento en artículos de consumo, nunca me ha contado entre sus adeptos en ninguno de los diez años en los que me ha tocado estar por estos lares para dicha ocasión. Para más detalles acerca del descontrol absoluto de las masas en estos eventos crueles, basta hacer una simple búsqueda en Google o Youtube: busquen "Black Friday" o "Black Friday madness" y van a tener noticias e imágenes para entretenerse un rato.

Siempre digo que valen más mis horas de sueño que cualquier descuento, por máximo que sea, en cualquier artículo. Y la verdad sea dicha: quienes tenemos una vida medianamente decente, no necesitamos nada, sólo deseamos cosas, bombardeados por los incesantes estímulos para consumir. El dormir, por otra parte, no tiene precio. ¿Y morir en el intento de comprar sábanas de percal egipcio de 400 hilos con un 75% de descuento? Casi tan vergonzoso como morir comiendo sushi.

El caso es que lo que sí necesitaba yo era comprar jabón (sí, jabón, ese para lavarse las manos y demás partes del cuerpo), porque se me estaba acabando. Me di cuenta ayer (y todavía me quedaba un poquito de jabón líquido, aclaremos, en la ducha y en los lavabos de los baños; tampoco es que me estuviera duchando con agua sola), pero decidí dejar la compra para hoy, sábado, a fin de evitar morir, perder algún miembro, u otras consecuencias desgraciadas, en el intento de estar limpia.

Esta mañana, mientras me dirigía al supermercado, atravesando calles mayormente despobladas, noté en el cielo un arco iris entre las nubes. Lo insólito es que no había estado lloviendo. En realidad, cuando me fijé mejor, me di cuenta de que era una nube-arco-iris; el arco iris ERA una nube. ¿Habrá alguien más que esté viendo esto?, me pregunté. ¿O seré sólo yo? Pero no había nadie a mi alrededor para constatar la visión, sólo unos pocos autos vacíos en el gigantesco estacionamiento desierto. Y valga aquí un deslinde de responsabilidades: juro que no había consumido ninguna sustancia que alterara mi estado (iba a agregar "normal" después de "estado", pero qué es la normalidad, a estas alturas, realmente no lo sé, y no estoy dispuesta a iniciar dicho debate).

¿Qué hacer con esto? ¿Con esta visión de la nube-arco-iris? Hay ciertas cosas que no pueden fotografiarse. Me decidí simplemente a disfrutarla mientras durara, y a intentar recordarla mientras pueda.

domingo, 20 de noviembre de 2011

¿Dando gracias?

Image: FreeDigitalPhotos.net
Es domingo a la noche, y recién ahora tengo un minuto para abrir la mochila de Matilda y revisar su cuaderno y las cosas que trajo de la escuela el viernes. El jueves que viene se celebra el Día de Acción de Gracias (EL feriado por excelencia en estas latitudes) y el tema, alrededor de esta época del año, incluye pavos, pastel de calabaza,  indígenas, y cuestiones varias afines.

Al abrir el sobre en el que la maestra manda lo que hicieron durante toda la semana, me encuentro con una hoja en la que había que escribir cómo cocinar un pavo. Bajo el título de ingredientes, Matilda escribió unas cuantas cosas muy apropiadas (léase: pavo, relleno, puré, arvejas, salsa de carne, o "gravy", y demás). Lo que me llama la atención es lo que que mi dulce niña escribió al inicio de las instrucciones para cocinar el mentado menú festivo. Y cito (en traducción mía):

Péguele un tiro al pavo, o compre uno en el supermercado.

Lo que viene después ya no tiene importancia. ¿Quién puede leer lo que sigue después de tal instrucción?

No hay duda: el espíritu del lejano oeste, en el que nos toca vivir, se ha instalado en lo más profundo de mi hija menor.